Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Wednesday, March 31, 2010

De "apóstol" a "apóstata"

A pesar de las interpretaciones apresuradas que se puedan hacer a partir de mis textos, es ahora cuando en realidad advierto haber adquirido un genuino interés por Dios y por las enseñanzas de Jesús, El Cristo. Habiendo abandonado ya la arrogante actitud de siempre querer sentirme en lo correcto, puedo ahora emprender la perenne búsqueda de la verdad sin el yugo impuesto por un partido religioso confesional en particular.

Los seminarios y centros académicos más avanzados, donde hoy se preparan muchos ministros de culto, incluyen el método histórico-crítico para estudiar textos antiguos, como la Biblia. Sin embargo, es poco frecuente que dicho material se divulgue desde el púlpito eclesial. Desde ahí suele preferirse el método devocional el cual, en el mejor de los casos, es algo pueril, mientras que en el peor de los casos, se trata de algo perverso pues tiene la intención explícita de enajenar a la audiencia. El mundo religioso comete un error muy grave al suponer, y decidir a nombre de su feligresía, que dicha audiencia no tiene interés o no debe enterarse de los activos debates y conclusiones que se desprenden del estudio histórico-crítico. La carga que les impone la necesidad personal de sentir que están en lo correcto, al parecer, los lleva a incurrir en las mismas conductas que perpetúan el oscurantismo medieval. No son pocos los seguidores concienzudos —los que leen más de dos libros por mes— que al enterarse de la situación, terminen preguntando: ¿Por qué no se me ha mostrado tal estado de cosas que involucra nuestras creencias más importantes?

Para permanecer en pos de lo positivo del cristianismo, ahora lo veo más claro, las formas de religión institucional terminan estorbando, y mucho. Básicamente por esa actitud arrogante, por esa actitud de preferir sentirse en lo correcto, en lugar de aceptar y preferir la naturaleza emergente de la verdad. ¿Por qué el mundo religioso abusa de todo ese enorme número de seguidores acríticos? Esos líderes y autoridades religiosas están tan preocupados de no perder su trabajo o sus condiciones de privilegio, que prefieren mantener el estado de enajenación en todos sus fieles irreflexivos y no concienzudos en lugar de declarar públicamente que se han equivocado, que en realidad han dirigido a su gente hacia el analfabetismo filosófico y, consecuentemente, se ven instados éticamente a dimitir de su cargo por incompetencia. Antes que se les procese penalmente, no por las intenciones —tal vez buenas— sino por las consecuencias de sus acciones. Si en realidad están ahí por la gente —lo cual dudo pues es más probable que estén ahí por su afán grosero de decir a los demás qué tienen que pensar, decir, creer, etcétera— entonces el desmantelamiento de su institución sería lo más adecuado. Lo más adecuado para aquellos seguidores acríticos que, espoleados por dicho desmantelamiento, puedan reconocer que, de hecho, siempre han sido los únicos responsables por sus creencias personales, y que el cobijo institucional ha sido en realidad un estorbo que les ha dado una excusa para no llegar a ser concienzudos de su propia vida y estado espiritual.

Para muchos, dicho desmantelamiento sería algo trágico debido al enorme miedo que tienen de ser realmente libres. Se puede ver que muchos prefieren la seguridad de un esquema social paternalista, aun si se trata de un esquema perverso, que preferir el reconocerse por completo libres y totalmente responsables de su propia libertad. Prefieren la tutela mental que les evite tener que pensar por cuenta propia en lugar de dar cuentas de su propio nivel de analfabetismo y de las consecuencias de su conducta. Prefieren a quien les diga que son “de los buenos” a tener que enfrentar la realidad de que sus “buenas intenciones” también las han tenido quienes han cometido temibles atrocidades, en la Historia, en contra de la humanidad.

¿Por qué el religue con Dios —la religión— debe necesariamente implicar las formas de esclavitud mental —y en algunos casos física— que proponen los supuestos líderes religiosos y no la búsqueda del sentido último de libertad para el individuo?

La libertad interior, la que ultimadamente es más relevante, la que significa contar con la facultad de ser consciente del esquema o programación mental impuesta por la maquinaria sociocultural, la libertad que ofrece el camino para poder actuar fuera de dicho esquema, proviene de una sucesión de despertares a lo largo de años de reflexión y estudio personal. Despertares que, en gran parte, dependen tanto de nuestro nivel de destreza al leer y escribir como del tipo de literatura a la que estemos dispuestos a exponernos.

La contemplación de la historia del pensamiento filosófico, el estudio de la Filosofía, y un esmerado ejercicio filosófico —por supuesto, de manera personal— nos lleva necesariamente a una incesante transformación interna. ¿Acaso no es eso parte del sentido último de ser aprendiz de Jesús, El Cristo? ¿Acaso no es eso el significado de ese cambio de mentalidad que implica el volverse constantemente a Dios?

¿Por qué es tan difícil reconocer que las condiciones históricas con las que llega la Biblia hasta nosotros no justifican una perspectiva fundamentalista y adoctrinante? Tampoco justifican una fe simplista e infantil, por el contrario, tales condiciones nos reclaman poner atención a sus mensajes implícitos, y nos exigen buscar el nivel de destreza intelectual individual para leer, entre líneas, dichos mensajes. En otras palabras, el seguidor crítico —en contraste con el seguidor enajenado— no busca la filosofía “oficial” del cristianismo, pues no hay tal, sino que busca practicar su propio ejercicio filosófico profundo, por sí mismo, para tomar en sus manos la responsabilidad de su propia cosmovisión del panorama de la existencia en la que su persona se encuentra.

Ética y el estado de enajenación

Tal vez hemos experimentado, o hemos sido testigos directos, o hemos sabido de algún caso de enajenación, me refiero a ese embeleso que ocurre en una persona por algo o alguien y de cuyo estado la misma persona no logra, por sí misma, estar consciente. Un ejemplo típico es el caso del enamoramiento, el cual, si la persona carece de su sentido crítico desarrollado, puede llevar a consecuencias no elegidas. El caso del enamoramiento ocurre indistintamente sin importar el género sexual, por ejemplo, puede ser el caso de una mujer cuya voluntad está a los pies de un hombre.

Por un lado, ella sufre un trastorno en su percepción por el cual tiende a exagerar desmesuradamente los atributos de él, tal que la sola presencia del sujeto o su recuerdo representan para ella la contemplación de un sol que ilumina su vida y eleva su estado de ánimo, e incluso su estado físico, sin razón aparente. En dicho estado, toda su voluntad y su juicio están gobernados por el incesante deseo de bienestar para el ser idolatrado, todo lo positivo se relaciona con el afán de complacerle, todas las prioridades, incluso las vitales, son reordenadas en función de la voluntad del sujeto de su enajenación.

Tal estado explica por qué las personas enajenadas llegan a cometer descomunales errores de horribles consecuencias para ellas mismas, y también para terceros —ejemplos más adelante.

Por otro lado, y siguiendo con el ejemplo, si el hombre corresponde a tal idolatría con una similar, entonces tan sólo resta esperar que no causen daño a terceros. Por el contrario, cuando no hay correspondencia, la situación es realmente grave cuando, en este ejemplo, el hombre se da clara cuenta del estado de enajenación en el que se encuentra la mujer, en el que puede pedirle cualquier cosa —realmente cualquier cosa— y ella intentará hasta lo imposible para complacerle, sin importarle qué, quién, cómo y cuándo.

En este estado, una persona tiene prácticamente es sus manos la vida de la persona enajenada para hacer de ella lo que le plazca. ¿Se decidirá por el bienestar del enajenado? ¿Tendrá la capacidad de reflexión ética? ¿Qué opinión le merece la conducta de aquel que decide tan sólo sacar ventaja personal de la situación? ¿Qué nos dice dicha conducta acerca de la persona quien en dicha relación únicamente prefiere su bienestar, provecho, y satisfacción, a costa del abuso de su enajenado?

Difícilmente consideraría usted tolerar tan perversa conducta, por supuesto que respetar tal conducta ni siquiera se pensaría. Pues se trataría de un acto criminal y el responsable debería ser procesado como lo que es, un delincuente y perpetrador de tan injustificados actos. Usted exigiría que tal malhechor fuese llevado a dar cuentas ante la justicia. Y lo exigiría pues usted se considera alguien con valores morales y no se considera involucrada en ningún nivel de tal abuso por enajenación. ¿Sí? ¿Está usted segura que así sería su reacción ante tal situación? Veamos algunos ejemplos, estimado lector, con los que podrá recurrir a su propia memoria y contemplar, en realidad, cuál ha sido su reacción.

Empecemos con el caso de la escuela, a la que todos los días los propios padres y tutores envían a sus hijos. Me refiero a esa que está regida por un sistema escolarizante cuyo objetivo principal y último es lograr que los individuos se integren al aparato social establecido en lugar de hacerlos, desde el principio, cuestionadores profesionales de sí mismos y de su entorno. Me refiero a esas escuelas donde difícilmente los estudiantes son estimulados para que ellos mismos se pregunten ¿Qué es la educación? Donde la ausencia de la reflexión filosófica es desmoralizante. Escuelas donde no está claro si los niños llegan todos los días a las manos de sus benefactores o de sus explotadores, donde cabe la duda de si llegan a una penitenciaría o a un recinto donde es creado el futuro de la libertad humana.

El siguiente ejemplo trata del así llamado “trabajo”, ese que corresponde a lo que supuestamente la escuela nos preparó, ese por muchos visto como una carga que nos vemos obligados a soportar durante varios días, durante los cuales se vive anhelando la llegada del día en que no se trabaja. Ese trabajo utilitarista que exige tan sólo “lo práctico” para alcanzar tan sólo el “bien supremo” de la utilidad económica, y no la virtud y destreza humanas. Ese trabajo que no representa para el individuo el escape del analfabetismo sino que sólo representa ser usado como un engranaje reemplazable en la maquinaria de la producción. No es difícil observar, en la Historia, la dinámica social por la que muchos han disputado, incluso hasta las armas, las condiciones de explotación y esclavitud disimulada en que viven todos los días la mayoría de la población mundial. ¿Que dónde está la enajenación aquí? Por ejemplo: ¿Le parece poco el contraste entre lo ofrecido por dicho sistema a un trabajador —por mucho que esto sea— comparado con lo que tiene que abandonar en términos de vida espiritual? Es decir, ¿vale la pena vivir así, si esa vida implica abandonar la oportunidad de vivir no sólo como homo sapiens sino además como homo criticus sapiens?

El último ejemplo en este texto no es algo ajeno a los ejemplos anteriores, de hecho, está íntimamente involucrado con sus factores de causa y de preservación de dichas situaciones. Se trata de la religión, en el sentido amplio como el referido en mi texto: He sido parte de una secta destructiva. No guardo muchas esperanzas en que las personas dominadas por el pensamiento mítico/mágico/religioso entiendan que sus ideas dogmáticas y sus acciones paternalistas, su cosmovisión, su modo de interpretar el mundo, no sólo no es positivo, ni siquiera algo inofensivo, sino que en realidad es algo muy negativo y perjudicial para la mujer y el hombre de hoy y del mañana. ¿No son religiosos enajenados quienes se inmolan en actos suicidas convencidos de estar haciendo algo sublime? ¿No son inermes infantes quienes por años han servido de satisfacción para la pedofilia de quienes tienen posiciones de autoridad e influencia religiosa mismos que, en lugar de ser recluidos, han sido protegidos por su prelado jerárquico para el bienestar y preservación de su institución? ¿No son indefensos infantes mentales quienes son adoctrinados para servir a la causa de partidos confesionales religiosos, bajo el yugo del castigo o premio eternos?

La religión dogmática representa el caso de enajenación más perverso y sutil, pues se fundamenta en un aura de sacralidad y de sapiencia que siempre reside, exclusivamente, en los prelados y ministros de culto quienes sancionan la verdad supuestamente debido a su conexión directa y jerárquica con la divinidad. De dicha aura también proceden muchos disparates a la hora de interpretar sus propios textos sagrados, tal que en lugar de fomentar el estudio histórico-crítico de, por ejemplo, la Biblia, tan sólo promueven la interpretación devocional que les convenga para sus intereses del día. ¿No fue el caso de la Rama de los Davidianos, en Waco, Texas, en donde David Koresh, usando versículos por aquí y por allá de la Biblia, logró justificar que el ungir la cabeza de los gobernantes bíblicos equivale ahora a derramar semen sobre la cabeza del pene de los mismos? Lo trágico fue que sus seguidores, que lo creían un líder divino, estuvieron por tanto muy dispuestos a ofrecer a sus esposas e hijas adolecentes para que éste desquiciado abusara de ellas, por años.

¿No es acaso un derecho de los niños el tener una educación científica? ¿No tienen derecho a que les informen, imparcialmente, de las diversas cosmovisiones en la Historia de la humanidad en lugar de sólo ser adoctrinados en una cosmovisión mítica/mágica/religiosa? ¿Por qué pues el desproporcionado interés de la religión en promover su perspectiva como “la mejor”? Esto se puede corroborar en los textos con los que imparten clases dominicales donde, errando terriblemente, explican a los niños que fenómenos en la Naturaleza tienen origen y causas divinas. ¿Qué justifica al mundo religioso dar explicaciones que no le corresponden? ¿Por qué ignoran la justificación que ofrece la ciencia para dar explicaciones sobre el mundo natural? Justificación basada en un trabajo mucho, mucho mayor y más fundamentado que el subjetivo trabajo especulativo de los diversos tipos de Teología. ¿No se percatan que su conducta avala la misma posición dominante y autoritaria que conlleva tanto a la enajenación como a la pederastia?

El estado de enajenación que hemos mencionado y ejemplificado es uno de los estados de consciencia al que fácilmente puede llegar un infante mental —aquel que no tiene su sentido crítico desarrollado— y es uno de los estados más temidos por aquella madre o padre quien desconoce las rasgos del desarrollo intelectual y quisiera evitar el que abusen de sus hijos. Lamentablemente, debido a dicha ignorancia, lo que logran poner a su alcance es depositar toda su confianza en la escuela escolarizante y adoctrinante o en el regazo de la religión, sin saber que están mandando a sus hijos precisamente a las manos de los peores enajenadores en la Historia.

¿Cuál puede ser el sentido de justicia en la actualidad que no llevamos a todos estos criminales enajenadores a rendir cuentas y enfrentar las consecuencias de sus delitos? Vemos que los poderes económico, militar y eclesiástico buscan conseguir y repartirse la mayor cantidad de enajenados para que estos vivan tan sólo para ser sujeto de abuso en beneficio de los intereses particulares de aquellos poderosos. Quienes terminan justificando todo diciendo simplista e ignorantemente: “es el mundo real”. ¿No hemos aprendido nada de la Historia? ¿Tenemos que repetir el ciclo donde surge un Robespierre, con su Reinado del Terror, y lleva a los miembros de toda burguesía, junto con sus familias, a la guillotina, para luego todo derive de nuevo en la acumulación y corrupción del poder por unos cuantos?

He sido parte de una secta destructiva

He sido parte de una secta religiosa destructiva. Pero, por favor no salte usted, amable lector, demasiado rápido a conclusiones. Primero, ¿de cuál secta estoy hablando? Pues del conjunto de varias formas de religión organizada, institucional, y fundamentalista tanto del catolicismo, del protestantismo, como también de movimientos evangélicos, tal y como se pueden conocer hoy día y cuyo origen se debe estudiar en la Historia. Y que, en una perspectiva amplia, no resultan muy diferentes de otros adefesios resultantes del sincretismo religioso, como el gnosticismo, y la cienciología. La secta a la que me refiero, entonces, es la religión dogmatizante, esa en cuyo seno se ha protegido durante siglos —como si fuera algo positivo— diversas manifestaciones del pensamiento dogmático y autoritario, además de la perpetuación intencional del estado de enajenación en el público en general. El siguiente texto contiene un atisbo de los detalles: Introspecciones religiosas – Parte I.

Pero, debo decir, no ha sido la única secta destructiva de la que he sido parte, también he pertenecido a otras sectas destructivas. El sistema escolar, en su manifestación adoctrinante y, ultimadamente, he sido también parte de la sociedad en general, mercantilista y consumista, que ha producido un deterioro —tal vez irreversible— en el ambiente natural de nuestro planeta.

Así que por favor, amable lector, no se haga usted ahora como el que no sabe. He sido parte de una secta destructiva, y usted también. La pregunta es ¿por qué seguimos aquí? Si la respuesta es: para contribuir, entonces le insto a reflexionar si su contribución es parte del problema o parte de una posible solución. Para distinguirlo propongo considerar uno de los rasgos que requiere la potencial solución, aquel rasgo de tomar como premisa que el sistema mundial actual está, en esencia, defectuoso y se requiere apagar dicho sistema actual y encender uno nuevo, en el nivel personal así como en el colectivo.

Tuesday, March 30, 2010

En plena recuperación

¿Qué es importante? Propongo que pensar y recordar lo devastador que puede ser hacer juicios apresurados, saltar demasiado rápido a conclusiones, ser inconsciente de mis propios prejuicios.

Para mí, mantenerme en la búsqueda del sentido último del perdón ha sido crucial, especialmente para el caso de perdonarme a mí mismo, por mi cantidad diaria de fallas y errores por comisión y omisión. Incluyendo mis graves errores del pasado en la iglesia. De hecho, en el texto que remití, ese con título Inquisidores modernos, en realidad estoy hablando de mí mismo en gran parte, pero de uno que fui en el pasado, prejuicioso, enajenado, y analfabeto, durante mis primeros años en la iglesia.

Por lo que se puede notar en la Historia, lo valioso del cristianismo —ideas como la compasión, el perdón, el amor incondicional, la entrega desinteresada por los demás, la actitud del alumno pensante ante el aprendizaje— puede ser fácilmente usurpado por lo peor del ser humano que surge ante el miedo a lo desconocido, el dogmatismo, la ignorancia, el paternalismo, el prejuicio, el afán por el poder y por el control sobre los demás. Eso, lo peor en mí, es lo que busco ahora darme cuenta, para poder abandonar. Sigo teniendo un nivel grave de analfabetismo, con el que no puedo ser útil ni para mí mismo, pero estoy haciendo lo que está en mis manos para tratar de cambiar esa situación.

No tengo pleno conocimiento espiritual, en realidad apenas estoy lidiando con los estragos que yo mismo me causé o consentí por mi manera de ver las cosas durante mis primeros años en la iglesia. Mi enfoque actual está repartido en varios renglones del crecimiento espiritual. Donde tanto la introspección como la retrospección juegan un papel indispensable, para mi caso particular, forzoso. Remito a continuación algunos textos donde hablo un poco acerca de esos dos renglones: la retrospección y la reflexión sobre el crecimiento espiritual.

  1. Introspecciones religiosas – Parte I

  2. ¿Qué significa crecer espiritualmente?

  3. ¿En qué punto estoy en el camino?

¿Justicia, misericordia?

¿Qué es la justicia? ¿Qué es la misericordia? En la Historia de la humanidad podemos encontrar a muchos que han intentado dar respuesta a tales preguntas. Ha habido respuestas muy concretas aplicables a situaciones muy particulares. La narración del Buen Samaritano en el Nuevo Testamento es un ejemplo clásico en la literatura antigua. Así como lo es el caso de la sentencia de dividir al bebé que se disputaban dos madres en la biblia hebrea —el cual no parece ser una lección de justicia, sino de perspicacia; a pesar que el texto dice explícitamente que la lección es de justicia—. Otros muchos textos en la literatura religiosa —incluyendo el Corán— y en la literatura clásica aportan sus perspectivas y pueden dar clara cuenta de la variedad con la que se ha intentado responder a preguntas cuyo contenido es tan amplio. La variedad ha sido tal que, incluso, hay quien ha dicho que no se puede hablar de tales conceptos tan abstractos y que es mejor callar al respecto.

Probablemente en todo esto hay también un mensaje implícito, a saber, que el punto es no dejar de preguntarse. ¿Eso está de locos? Pues muchos de aquellos que se han atrevido a cuestionar las ideas de su tiempo ciertamente han sido tildados de locos, y muchos de ellos han caído en manos de los inquisidores de su época, quienes estaban absolutamente convencidos de que sus acciones eran las más justas. Tarde es cuando dichos inquisidores se dan cuenta que han cometido un muy grave error. En la mayoría de los casos estos inquisidores nunca llegan a considerar la posibilidad de que se equivocaron al saltar demasiado rápido hacia sus conclusiones.

Tengo más que decir al respecto del preguntar, del cuestionar y de la locura en: El pensador crítico y la locura.

También tengo unos apuntes para reflexionar acerca de la justicia y la inquisición hoy en día en: Inquisidores modernos.

Monday, March 29, 2010

El pensador crítico y la locura

¡¡Disfruto todo tipo de preguntas y celebro, mucho más, la actitud de planteárselas uno mismo‼ Las preguntas son para mí como ricas frutas de las cuales se puede obtener mucho jugo y alimento para el espíritu. Por favor nota que me refiero a las preguntas, no a las respuestas. Las respuestas tan sólo sirven como andamios, como herramientas, siempre provisionales, siempre al servicio de obtener y formular cada vez más y mejores preguntas. ¡Y así perpetuar el goce y alegría racional del ser pensante! Entiendo claramente el porqué de la soñada escuela de Karl R. Popper —filósofo que hizo enormes aportaciones a la filosofía de la ciencia.

También las preguntas de cualquier tipo son como semillas que cuando las nutrimos pueden crecer y llegar a darnos muchos frutos, en forma de hallazgos, con los cuales podemos mejorar nuestras creencias y nuestro estado de conciencia en general —y en consecuencia, nuestra conducta—. El énfasis lo quiero poner en la actitud de preguntar, y más importante, en el hábito de cuestionar. Mantener esa actitud es importante si de buscar la verdad se trata. El tropezón intelectual y la desnutrición del espíritu ocurren cuando dejamos de preguntar, cuando renunciamos al cuestionamiento y a la indagación crítica, y nos quedamos estáticos con una sola respuesta.

En un seminario de introducción a la Filosofía donde estoy participando vimos el tema Lógica y argumentación. Durante la segunda de tres partes aprendimos que ir al diccionario es un buen punto de partida —aunque no de llegada— para ir formando la definición de los conceptos que nos interesan. Entonces para empezar: ¿Qué es preguntar? ¿Qué es cuestionar? ¿Qué es locura?

¿Todas las preguntas son iguales? Con base en su función, hay varios tipos de preguntas, y a cada tipo le corresponde un tipo de respuesta. Aun si se expresa con las mismas palabras —lo cual sería el caso del enunciado que expresa más de una sola proposición, como se planteó en la sección Lógica y lenguaje de la ya mencionada segunda parte de Lógica y argumentación—. Por ejemplo, “¿Qué hora es?” Dice tanto aquel que se le hace tarde para llegar a su destino, como aquel que busca evocar la inminencia de la hora ineludible cuando deba enfrentar una decisión trascendental. La primera es una pregunta pragmática, es decir, aquella que sirve para hacer algo con la respuesta; mientras que la segunda es una pregunta retórica o poética, aquella que sirve para conmovernos y hacernos sentir algo. Además, hay preguntas conceptuales, aquellas cuya respuesta nos ayuda a entender un asunto considerando todos sus ángulos posibles, y para que nos elevemos de simples preguntas a concienzudos cuestionamientos. Si con las preguntas conceptuales, además, queremos llegar a entender el sentido último de un asunto, su idea central de fondo, entonces estamos en presencia de preguntas filosóficas.

Ahora, pasemos a la pregunta que inspiró el presente texto:

¿Cuál es la diferencia entre un pensador crítico y un loco, si ambos se oponen a lo establecido?

Esta pregunta nos invita primero a poner en claro qué es un pensador crítico. Luego nos invita a asomarnos al concepto de locura y a preguntarnos por las condiciones en las cuáles aplica como adjetivo en relación a una persona. Finalmente, a contrastar ambas ideas para identificar dónde se traslapan —si es que lo hacen— y cuáles son los límites de una posible intersección de significados.

Para distinguir a un pensador crítico contamos con varios rasgos que, cual ingredientes, tienen que estar presentes en una persona para que huela y sepa a pensador crítico. De otro modo, si una persona no cuenta con esos rasgos, entonces el término no aplica para ella. Debo al Dr. Steven D. Schafersman una de las mejores explicaciones del pensamiento crítico que me haya encontrado en Internet, pues incluye una lista de características necesarias para reconocer a un pensador crítico: Una introducción a la ciencia - Pensamiento científico y el método científico.

También, por supuesto, aprendemos a identificar un pensador crítico al ver uno en acción, es el caso de Denise Dresser, de quien se ha dicho “una princesa hecha mujer muy crítica”. Juzga por ti misma a través de la siguiente nota: Una mexicana notable.

La pregunta parece asumir que tanto el pensador crítico como el loco siempre se oponen a lo establecido. Para el caso del pensador crítico, probablemente el supuesto se base en el hecho que los pensadores críticos suelen pronunciarse en directa oposición al error, a lo falso, a lo que no está conectado con los hechos ni con la razón. Como a menudo eso describe lo proveniente del Establishment, es decir, de la clase dirigente o del orden establecido, se entiende entonces la suposición que el pensador crítico siempre se le oponga. Pero hay que recordar que un rasgo indispensable del pensador crítico es la búsqueda de un juicio proporcionado, aplicando los principios de la Lógica material tal que incluso sus propias tendencias, influencias, emociones, y demás perturbaciones intelectuales queden debidamente identificadas y puestas en su debido contexto. Evitando que sus prejuicios lo hagan cargar su juicio hacia un lado o hacia el otro injustificadamente. Un pensador crítico no solamente busca ser íntegro en su pensar evitando la falsedad, sino que elige un nivel más elevado de integridad: la integridad científica. Una ilustración de este concepto lo puedes encontrar en el texto: Lobos, pastores e integridad científica.

El pensador crítico defiende cada día sus creencias y lo hace con toda su capacidad, en tanto dichas creencias cuenten con el fundamento que las justifique. El día que dicho fundamento no se mantenga, ese día el pensador crítico es el primero en estar ávido por cambiar de opinión; es el rasgo del escepticismo reflexivo. Lo contrario es el rasgo que distingue al dogmatismo, en el cual no hay posibilidad alguna de cambiar de opinión, sin importar qué, quién, cómo o cuándo.

Por otro lado, la palabra loco se usa de formas muy diversas y no parece contar con rasgos tan definidos como los del pensador crítico. Oponerse a lo que se establece irreflexivamente, por tradición, ciertamente puede llegar a ser considerado una locura, dadas tanto las perennes condiciones del prejuicio como los niveles de analfabetismo en la sociedad. Por otro lado, la locura debida a la estupidez o a la imprudencia en realidad resulta una especie de antítesis del pensamiento crítico. Pues, por ejemplo, el pensamiento crítico es, como mínimo, lo que nos detiene antes de dar clic en una liga que nos llegó en un correo electrónico del cual no estamos seguros de su procedencia, o simplemente no tenemos certeza del funcionamiento de la página hacia la cual apunta.

Me parece, pues, que la relación entre un loco y un pensador crítico es un tanto tenue y circunstancial, y no una intersección de significados por la cual un término nos remita automáticamente al otro.

Thursday, March 25, 2010

El conserje de la percepción

Cierto. El darme clara cuenta de mis errores, el saber en qué consiste lo indeseable en mí, el reconocer que realmente no prefiero ser o actuar de determinada manera, y poder abandonarlo definitivamente, representa una de las más difíciles y a veces inalcanzables aspiraciones que pueda llegar a tener como ser humano.

Para lograr cambios personales, en la manera de pensar, de creer, de vivir, se requiere, como mínimo, que ponga de mi parte. ¿Cuál es mi parte?

Mis padres, mis familiares, los buenos amigos, en general todo aquel que tenga un amor desinteresado en mi persona muy seguramente aportarán su parte a tal cometido en la medida de lo que esté a su alcance. Pero si reflexiono sobre mi aportación real, mi contribución concreta al empeño de la transformación personal, entonces necesariamente debo partir de lo único que tengo a mi alcance, lo que tengo disponible para trabajar, lo cual es el conjunto de creencias y conocimientos que gobiernan mi conducta en el presente. Lo principal de mi parte no podría consistir en cambiar por fuera, en mi conducta o manera de hablar, sin primero cambiar por dentro, en mis creencias y conocimientos. Poner de mi parte para cambiar requiere que cambie, que mejore, mis creencias y conocimientos que provocan mi conducta y, ultimadamente, mi ser.

Hasta aquí el supuesto ha sido que la transformación personal es positiva. Pero si ese supuesto no existe, entonces no hay proceso de cambio, todo es cancelado y permanecemos en el mismo estado de conciencia y conducta, indefinidamente, por los siglos de los siglos. Es decir, “¿Para qué cambiar, si así estoy bien?” dice quien en realidad no quiere cambiar. “¿Por qué mejorar lo que creo ahora, si ya creo lo que es mejor?”, dice quien ignora el funcionamiento básico de la percepción humana.

Quisiera que al estar despierto mi conciencia estuviera conectada directamente con lo que está afuera de ella. Si esa conexión directa existiera, entonces al considerar un suceso, por ejemplo, un accidente automovilístico o al leer una narración histórica, entonces automáticamente mi conciencia conocería en el acto las causas exactas, reales, del accidente o el significado último del relato, sin ningún esfuerzo. Pero como tal conexión directa entre conciencia y realidad no existe, entonces es necesario hacer indagaciones para determinar las responsabilidades en el accidente, o para entender lo verdadero en los hechos históricos. Aun las mismas conciencias involucradas en dichos sucesos tendrían que ponerse de acuerdo, integrando sus percepciones, para llegar a saber qué es lo que en realidad aconteció.

No hay, pues, conexión directa entre mi conciencia y el mundo exterior. Mi estado de conciencia, todo mi contenido interno, resulta de la explicación que yo mismo me doy de la realidad externa. Hay una parte de mi mente que se encarga de hacer eso, es el mecanismo de la percepción, que cual portero o conserje va anunciado y explicando lo que llega del exterior. Al considerar lo que percibo con mis sentidos físicos, o lo que resulta de mis propios razonamientos, entra en acción mi conserje mental con el objetivo de poner en claro ante mi conciencia de qué trata lo considerado, es decir, tratar de entenderlo. Dicha labor empieza por buscar correspondencia con lo más parecido a algo entendido previamente, así mi mente se ahorra tener que entender cada cosa de nuevo. Si lo considerado carece de correspondencia entonces la labor del conserje termina avisando a la conciencia quien etiqueta como “no entendido” a lo considerado. Por ejemplo, si escucho que alguien me dice “Guten Morgen” u observo las señas que el cátcher le hace al pitcher en un juego de beisbol, sin hablar el idioma alemán o sin saber el código pactado, entonces tendría un serio problema de salud mental —o de honestidad— si digo que entendí a cabalidad tales sucesos.

Como en otras funciones del cuerpo humano, el conserje de la percepción también tiende a tomar la ruta del menor esfuerzo, pues es la que consume menos energía y es más eficiente. En este caso, la búsqueda de correspondencia con algo ya entendido previamente no es una búsqueda exacta, sino es una búsqueda de similares, de coincidencia de patrones. Por lo que si no tengo el cuidado debido, corro el riesgo de terminar aceptando como entendido algo que en realidad no guarda correspondencia con mi entender previo. Situación popularmente referida como confundir la gimnasia con la magnesia. Por ejemplo, lo mencionado hasta ahora en el presente texto puede tener alguna similitud con ideas de otro asunto que previamente haya yo entendido, digamos, la programación neurolingüística. Si permito a mi conserje de la percepción explicarme que ambos asuntos tratan de lo mismo y que, por tanto, no debo hacer ningún esfuerzo adicional para entender las diferencias, y que puedo con total despreocupación encasillar esto en la misma categoría que lo otro, entonces yo mismo me estoy poniendo el pie para tropezar.

Otra labor de mi conserje de la percepción consiste en siempre tratar de presentar a mi conciencia una explicación que sea consistente conmigo mismo. Aun si para lograr mantener tal consistencia deba transformar o alterar lo percibido para que guarde o restaure correspondencia con la imagen que tengo de mí mismo. Es un mecanismo de autodefensa o auto-preservación y al parecer también es un mecanismo natural del funcionar como ser humano. Se trata del mecanismo por el cual respondo ante la disonancia cognitiva que proviene de percibir dos ideas contradictorias acerca de mi persona. Por ejemplo, digamos que percibo las siguientes dos ideas:

1ª “Soy una persona sensible e inteligente”
2ª “No sé cómo desarrollar mi sentido crítico”

La trampa consiste en no estar consciente de dicho mecanismo y dejar que mi conserje elija automáticamente la opción que restaura la imagen de mí mismo, la opción que preserva el ego y resuelve inconscientemente la disonancia. Haciéndome creer —muy sinceramente— que “...todo esto ya lo sabía...” o “...es lo mismo que yo digo...”, y por tanto abandonar el esfuerzo que implica aceptar la disonancia cognitiva y resolverla desde el reconocimiento de que la imagen que tengo de mí mismo no es muy realista en resumidas cuentas.

Al ignorar los detalles hasta ahora mencionados pierdo la ocasión de intervenir oportuna y conscientemente en el proceso de mi percepción, para adaptar la labor de mi conserje evitando que al ser descuidado y perezoso termine siendo la causa de mi propio estancamiento interno, de la paralización de mi estado de conciencia —y por tanto, de mi conducta—.

Una manera con la que puedo conseguir adaptar la labor de mi conserje de la percepción es la autocrítica, el hábito de cuestionar mis ideas, mis creencias y mi conducta. ¿Cómo llegué a creer esto? ¿Cuáles son las bases de tal idea? ¿Cómo puedo estar más seguro de su certeza? ¿Cuáles ideas están siendo ocultadas de mi conciencia por mi conserje de la percepción?

Sin la autocrítica, sin el conocimiento de mí mismo, sin el cuestionamiento frecuente, en otras palabras, sin la práctica adulta del ejercicio filosófico, quedo inerme ante mis propios mecanismos naturales del ser persona. Por ejemplo, antes de entender lo ya mencionado, ¿cuál es la probabilidad de que haya terminado mezclando las siguientes tres ideas? (1) Una idea nueva acerca del aprendizaje a través de una relación maestro-discípulo, (2) mis ideas e intereses previos acerca de la disciplina militar, (3) la apabullante influencia cultural acerca de la jerarquías autoritarias promovidas por el pensamiento religioso y paternalista desde siempre. Como un seguidor acrítico ¿qué es más probable, que haya entendido muy bien la positiva intención original del concepto de tal discipulado o que haya tropezado conmigo mismo al terminar entendiendo una mezcla entre ideas nuevas y las prevalecientes en mí y en la cultura alrededor? Si entendí muy bien la positiva intención original, entonces habría evidencia indiscutible resultante de la conducta derivada de tal creencia, ¿la hay?

Sunday, March 21, 2010

¿Quién detiene tu crecimiento interno?

¿Y si fueras tú mismo el principal responsable de que no logres mejorar tu espiritualidad? ¿Serás tú mismo quien pone el pie con el que tropiezas vez tras vez, y no te has dado cuenta? ¿Será posible, por otro lado, que el obstáculo principal sea algo fuera de ti, algo externo? ¿Cómo distinguir y darnos clara cuenta en cada caso?

Si contamos con un buen sentido de la vista, entonces decimos que no somos miopes, que podemos ver con toda claridad las cosas enfrente de nosotros. Pero ¿cómo saber si contamos con un buen sentido de la vista? Para algunos de nosotros —los que ahora usamos anteojos— nunca se nos ocurrió hacernos dicha pregunta, pues creíamos ver de manera “normal”. ¡¿Qué, acaso se puede ver diferente?! La respuesta llegó a través de una sorprendente experiencia, el día que vimos por primera vez a través de unos lentes graduados. Un mundo de detalles apareció de repente, un mundo que siempre estuvo ahí pero que pasaba desapercibido. Por un momento pudimos ser incrédulos pero la evidencia fue apabullante, era cierto: no contábamos con un buen sentido de la vista para darnos cuenta de todo lo que hay a nuestro alrededor, incluyendo los detalles de aquel rostro en el espejo.

¿Podría ser el caso para otros sentidos? ¿Estaremos dejando pasar como desapercibido algo importante de nuestro alrededor o de nosotros mismos? Para el caso de los cinco sentidos, está claro que sí podría darse el caso y para darnos cuenta de eso vamos a necesitar, principalmente, considerar la posibilidad que no seamos tan “normales” como creemos y aceptar el diagnóstico del médico correspondiente.

¿Cómo se relaciona esto con el crecimiento espiritual? Pues resulta ser que para darnos cuenta de más cosas no sólo necesitamos los cinco sentidos, con esos sólo percibimos lo físico por medio de la experiencia directa y sensible. De hecho, lo que podremos conocer por medio de la ventana de la experiencia directa, a lo largo de toda nuestra vida, representa una ventana muy pequeña comparada con lo que hay por conocer y que resulta muy importante. Por ejemplo, pocos de nosotros tendremos la oportunidad de comprobar directamente la existencia de gérmenes patógenos en nuestras propias manos, es decir, a simple vista nunca los hemos percibido moverse o dar señales de vida. No obstante, nos lavamos las manos antes de comer. ¿Por qué? Tal vez al principio simplemente repetimos mecánicamente lo que nos decían que hiciéramos. Luego, quizá porque vimos que otros lo hacían y queríamos sentirnos parte de determinado grupo social. En una etapa intelectualmente adulta, porque entendimos lo esencial del conocimiento confiable que aporta la ciencia médica y la biología. Entonces, cabe la pregunta, ¿hay otros sentidos con los que podamos percibir cada vez mejor lo que no captamos con los cinco sentidos, como lo espiritual?

Sí, hay un sentido que es inherente al ser humano y con el cual se puede mejorar en el conocimiento no sólo de sí mismo, como persona, sino también de la raza humana y de lo que es real a nuestro alrededor. Se trata de una manera particular de enfocar nuestro ser hacia lo que nos interesa o nos provoca curiosidad. Tiene rasgos muy bien definidos y tiene un nombre particular, se llama sentido crítico y es lo que distingue una auténtica vida adulta. No se trata de adultez en lo físico, sino de madurez interior. Se relaciona con siempre desarrollar ese estado interno que nos empuja a indagar a fondo el porqué de nuestras creencias y conductas, como individuos y como sociedad. Es aquello que, cuando se desarrolla, nos lleva a cuestionar nuestros pasos y nuestra visión de lo “normal”. Es esa inquietud por la cual ya no queremos hacer algo porque nos dijeron que así es, o para sentirnos parte de un grupo, sino porque necesitamos los detalles con los cuales confirmar las bases no sólo de nuestro actuar, sino también de nuestro pensar y, ultimadamente, de nuestro ser. Por último —y aquí está el rasgo principal del sentido crítico— se trata de estar dispuesto a abandonar todo aquello que no se confirme después de una detallada indagación.

Todos tenemos nuestra manera de ser, de actuar, y también nuestra manera de saber. ¿Cómo podrías verificar que esa manera tuya de vivir y de pensar no es la causa principal de tus propios problemas? ¿No tienes problemas? ¿Cómo lo sabes? ¿Cuándo fue la última vez que te cuestionaste? ¿Cómo puedes corroborar si tienes un buen sentido crítico? ¿Qué relación crees que tienen tus creencias con tu conducta? ¿Cuándo fue la última vez que mejoraste una de tus creencias?

Sunday, March 07, 2010

Niveles de analfabetismo

Podemos los seres humanos cultivar nuestra capacidad del lenguaje y junto con ella desbordar el torrente de desarrollo interior que proviene en consecuencia o podemos permanecer en una vida confinada a tan sólo la experiencia sensible y emoción circunstancial que ofrece el analfabetismo en sus diversas formas. El humano es capaz de desarrollarse internamente a tal grado que puede vivir en constante abundancia espiritual, disfrutando los diversos frutos de la contemplación, perdurando en los goces de la indagación filosófica y científica, deleitando la alegría racional derivada de valorar la amplitud del ser. Una manifestación externa de tal estado interior puede llegar a degustarse por medio de expresiones artísticas como la alta poesía; la cual, como nos explica Ernesto de la Peña, se trata de poesía auténtica y es algo muy distinto a la idea popular de poesía como cursilería romanticoide.

Reflexionemos un momento acerca de las connotaciones actuales del adjetivo: analfabeto, aplicado popularmente al que no sabe leer ni escribir, al ignorante, sin cultura, al profano en alguna disciplina. Este adjetivo está íntimamente vinculado con la destreza lingüística, es decir, la familiaridad con el contenido conceptual compartido por una sociedad en particular. Por ejemplo, si un miembro de la población Rarámuri, asentada en el estado de Chihuahua, México, viajara al centro de la Ciudad de México sin conocer el lenguaje local, sin ser capaz de interpretar correctamente las señales viales y los señalamientos de orientación en general, sería muy poco capaz de desenvolverse independientemente en tal situación, por ser un analfabeto para ese contexto específico. Lo mismo le sucedería a un habitante de la Ciudad de México si viajara al centro de Paris, Francia, sin conocer el idioma francés –no importa cuán alfabetizado sea en la cultura del idioma español—.

Otro tipo de analfabetismo es la incapacidad de abrirse paso a través de las tecnologías de información contemporáneas, sitios Internet, blogs, wikis, email, posts, navegadores, redes sociales, etc., que combinada con la incapacidad, por parte de personas acostumbradas a navegar diariamente por Internet, de comprender y explicar correctamente un texto literario produce el surgimiento del analfabetismo multifuncional.

Un siguiente y trágico nivel de analfabetismo que está diseminado entre muchos de nosotros —quienes somos incapaces de dar justa razón de las obras y sucesos más importantes de la cultura en general, de la ciencia y el conocimiento científico, y de su relevancia en el devenir de la sociedad que somos parte— es el analfabetismo cultural. Un rasgo que comparten los analfabetos de este tipo, como lo comenta Guillermo Carvajal, consiste en “estar convencidos de tener razón sobre aquello que en realidad desconocen. Suelen repetir opiniones y adoptar posturas ideológicas, sociales, religiosas o artísticas que han oído de otras personas, porque son incapaces de formarse su propio juicio”.

Por si fuera poco, y en buena medida como parte de una explicación del porqué del estado actual de la sociedad mundial y del planeta, el nivel de analfabetismo filosófico es apabullante. Un continuo tropezar con el desproporcionado pragmatismo predominante mantiene ese estado de ignorancia, en el cual el espíritu humano queda desarraigado ante la avasalladora fuerza del colectivismo. Los individuos son incapaces de relacionar su vida cotidiana con la reflexión ética, o con las condiciones epistemológicas para mejorar sus creencias, o con las demás provincias del ejercicio filosófico.

El analfabetismo filosófico, que en mi opinión es el más siniestro, deja a las personas enclaustradas en un ámbito de profunda miseria espiritual, donde una grotesca farsa del bien ser, del bienestar y lo supuestamente valioso se mantiene cada vez más inalcanzable por las siempre crecientes imposiciones del consumismo y mercantilismo. Donde el desarrollo interior es usurpado por la falsa espiritualidad que el mundo religioso, con su paternalismo dogmático, promueve para beneficio, no del individuo, sino de algún partido confesional en particular. Donde la forma más perversa del pensamiento religioso oligárquico y elitista históricamente ha pactado contubernios con el poder económico y el poder militar que dejan a la población general en completo servilismo a los pies de los intereses particulares, bajo un modelo moderno de disimulada esclavitud. Para rematar burlonamente tal situación, no faltan los que la enmascaran presentándose como nuestros benefactores, como los que cuentan con una alternativa para nuestro tipo de analfabetismo, y en lugar de asistirnos en nuestra alfabetización filosófica hacen lo contrario al perpetuar nuestras tinieblas intelectuales por medio de una relación paternalista en la que se prohíbe el cuestionamiento de los dogmas acordados en dichos contubernios.

Vemos entonces que el recorrido hacia una alfabetización amplia no es nada trivial y requiere la voluntad del individuo para nunca detenerse en su aprendizaje, en su transformación en los diversos campos del bien ser, del bien saber y del bien hacer. Para lo cual, entre otras cosas, contamos con un lenguaje y con la oportunidad de conocerlo a fondo y desarrollarnos en la escucha, en la lectura y en la escritura.