Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Friday, September 12, 2008

Lo que comparto con Richard Dawkins...

…es ese desprecio por el Establishment religioso, por el corporativismo místico, por el dogmatismo que ha estimulado lo peor del ser humano a lo largo de la historia de la humanidad; por esa actitud complaciente que promueve, como si se tratase de algo positivo, la abolición de las capacidades intelectuales en los individuos a favor de una agenda clerical; comparto el desprecio por esa actitud arrogante, esa presunción desmedida, esa creencia absolutista de que sólo lo suyo vale para el cristianismo, que sólo lo suyo es lo de Jesús, El Cristo.

Se trata del mismo desprecio que siento por actitudes y poses similares dentro de otros ámbitos del quehacer humano, aun dentro de la comunidad científica. Por ejemplo, no obstante lo valioso del trabajo filosófico y científico de Mario Bunge, la primer frase en su ensayo ¿Qué es la ciencia? muestra precisamente otra manifestación de ese estado mental que desprecio, a saber: “Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo;…”. Si bien no hay manera de atribuirle misoginia alguna a su texto pues se entiende el uso genérico del término hombre, pero ¿qué sabe de los otros animales en este planeta que lo hace creer que son inferiores? Sin mencionar la completa ausencia de consideración alguna por los miembros de los otros taxones en la diversidad de seres vivos clasificados. Se trata de esa estupidez típica del fanatismo científico de creer que el ser humano es el amo absoluto de todo lo que hay, el centro mismo de la existencia, creerse la gema única que corona el Universo. Y sin embargo, si desaparecieran todos los artrópodos, en pocos años la vida en la Tierra se extinguiría mientras que si desapareciera la raza humana, las demás especies florecerían.

Lo que admiro de Richard Dawkins como militante del ateísmo —así como, por ejemplo, de Charles Finney como teólogo cristiano— es esa feroz honestidad, esa fibra moral para expresar claramente pensamientos propios, y sustentarlos. Además, así como admiro esa honestidad, admiro también la humildad en cualquier ser humano, esa virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en actuar de acuerdo con este conocimiento; es decir, admiro a quien va dándose cuenta de su posición relativa en la gran perspectiva de conjunto de la existencia y se encamina hacia el horizonte por los caminos que le falta conocer. Por eso no puedo admirar la carencia de humildad tanto en ateos como teístas —dos caras de la misma moneda dogmática— pues, aun con lo mejor a lo que hemos llegado con la ciencia, tan sólo contamos con conocimiento confiable siempre sujeto de mejora y nunca a declaraciones absolutistas. ¿De dónde sacan pues estos —ateos y teístas— su fe ciega?

Tuesday, September 09, 2008

¿Cómo empezar de nuevo?

El Sol es un centro o núcleo aglutinador que representa un pilar esencial sin el cual el conjunto pierde la cohesión que lo hace viajar en el espacio como un todo, nuestro Sistema Solar. Este conjunto es parte de otro conjunto más grande, la Vía Láctea, que también gira y viaja a una enorme velocidad como un todo. ¿Cuál es el núcleo aglutinador de nuestra galaxia que le hace mantener la cohesión del conjunto y moverse como si fuera una sola entidad? Un planteamiento propone a un agujero negro como respuesta, un hoyo negro en el centro mismo de la Vía Láctea que —como para muchas otras entidades similares— la hace ser galaxia y no, una nube de estrellas independientes y errantes. El planteamiento continúa y explica que este núcleo aglutinador será, finalmente, la causa misma de la destrucción del conjunto; al incinerar a sus planetas circundantes y explotar como supernova para el caso del Sol, y al engullir toda la materia a su alrededor para el caso del agujero negro en el centro de nuestra galaxia. El núcleo aglutinador en estos casos convoca a las partes que, en conjunto, llegan a ser una sola entidad mantenida naturalmente en tanto el núcleo permanezca; así, el núcleo representa generación y existencia, como también provoca destrucción y ocaso.

Una entidad social, una sociedad humana, también tiene un núcleo aglutinador que la mantiene como un conjunto; en este caso, se trata de la creencia fundamental que la oportunidad para vivir es mayor en sociedad que en aislamiento, pero, es el significado concreto que toma ese vivir lo que determina el tipo de generación o destrucción que provenga de la creencia nuclear. Si vivir significa experimentar placer, poseer todo lo que se desea o ejercer poder sobre el mayor número de personas posible entonces todo lo demás será visto en términos de su utilidad para lograr —a costa de lo que sea— ese vivir.

Lo mismo sucede a nivel personal pues —así como el Sistema Solar, aun siendo parte de la Vía Láctea, no deja de ser una entidad independiente— también una persona dentro de una sociedad es libre de elegir el significado de su vivir como individuo, de definir cuál es el núcleo aglutinador de su ser que lo llevará por un rumbo de generación o por uno de destrucción.

Las autoridades establecidas —Estado, cleros regulares, etc.— son quienes típicamente proponen y procuran un significado particular para el vivir en una sociedad; así lo hicieron muchas sociedades del pasado pero que al día de hoy sólo queda de ellas vestigios de su existencia pues desaparecieron a causa del modo de vivir que eligieron. Los mayas y los habitantes de las islas del Pacífico Sur —entre otras sociedades— comparten un rasgo que les condujo al colapso, un frenesí de algún tipo, una clase de desenfreno, ya sea por devastar su ambiente o por conquistar a otros pueblos por sus tierras, por trivializar lo profundo de la vida humana a favor del egocentrismo y la autocomplacencia. En Collapse: How Societies Choose to Fail or Succeed Jared Diamond analiza los rasgos que causaron la extinción de sociedades en el mundo antiguo y las similitudes con las sociedades en el mundo moderno. Una de las conclusiones, naturalmente, es el papel tan determinante que juegan las autoridades establecidas en los desenlaces documentados, pues son ellos los que estuvieron en posición para señalar cuál era el centro de gravitación, el significado del vivir en sociedad que persiguieron a costa de lo que sea y que finalmente los llevó a su situación final. La tarea de integrarse con los ecosistemas en su entorno parece que siempre ha sido una tarea difícil y propensa a errores fatales que pueden provocar —tarde o temprano— que una sociedad se colapse, es decir, alcance el punto en donde su vivir deja de ser sostenible a largo plazo.

Para el caso de la situación actual en la sociedad mexicana Javier Sicilia identifica, en su artículo La marcha de la impotencia, que la causa de la acumulación desproporcionada de riqueza y la causa del aumento desmedido de la delincuencia provienen —ambas— del núcleo mismo de esa sociedad, del significado del vivir en esa sociedad que ha sido procurado por las autoridades establecidas. En otras palabras, lo que hace posible la riqueza material desmedida del hombre mexicano actual, es lo mismo que le está destruyendo la vida: la trivialización de lo humano en favor de lo material.

Pero ¿qué hay de una persona adulta? ¿Acaso no es la autoridad establecida para sí misma, quien tiene soberanía completa sobre todo su mundo interior? ¿Qué acaso una sociedad está hecha de otra cosa que no sean individuos? ¿Preguntaremos a los gatos domésticos o a las sandías o a las organizaciones civiles cuál es un mejor significado de vivir en sociedad? ¿Qué no la respuesta está dentro de uno mismo? ¿Por qué pensamos que la solución definitiva a nuestros problemas está “aquí” ó “allá”, en algo externo a la persona y no en su interior? Una arrolladora inercia pragmática prevaleciente parece impedir ver otra respuesta que no sea una que ofrezca gratificación instantánea, practicidad, “resultados para ayer”, una que no sea fastidiosa ni implique pensar por uno mismo. Sin embargo, la realidad del centro de gravedad establecido para la sociedad mexicana muestra indicios de colapso —de haber llegado a un punto más allá de cualquier reparación— por lo que será necesario empezar todo de nuevo, desde el principio. Evidentemente, este recomenzar no podría estar en manos de las mismas autoridades establecidas que mantienen un centro de gravedad colapsado pues la definición de su paradigma, de su cosmovisión —modelo general de concepción del mundo— se lo impediría, sin contar que están demasiado ocupadas tratando de salvar lo insalvable o haciendo lo que mejor saben hacer, sea lo que fuere esto último.

Sí, los individuos también pueden tomar esta tarea en sus manos pero no para fantasear con revoluciones colectivas que terminan beneficiando tan sólo a unos cuantos, sino para emprender una revolución interior basada en conocimiento confiable de la esencia humana, del raciocinio y de la emoción, de lo referente al fuero interno, una revolución basada en el conocimiento de uno mismo. Un nuevo comienzo no sólo para lograr algo en el exterior sino para adoptar una constante autocrítica, para adoptar un mecanismo auto-renovador como parte del mero núcleo del individuo, como parte del significado de su vivir; y que sea punto de partida para la vida en sociedad. ¿Pero cómo? ¿A qué recurrimos? ¿Qué hay que nos ayude a asumir una actitud reflexiva y de aprendizaje constante? ¿Qué ofrece las herramientas para profundizar en uno mismo hasta nuestros mismísimos fundamentos? Dado que estas preguntas no son inéditas en la historia de la humanidad —tan sólo impopulares— podríamos considerar como respuesta provisional la siguiente sugerencia para adultos: la filosofía con sus ramas principales del ser, del conocer y del hacer (ontología general, epistemología, y ética respectivamente) como herramienta para empezar de nuevo.

Sunday, September 07, 2008

¿Qué tipo de ser es el humano?

¿Qué es lo que Dios ha hecho cuando hizo al ser humano? ¿Lo hizo su obra maestra cual corona de la creación o su desacertado agente de caos y autodestrucción? ¿Desató a un dios o a un demonio? Acaso, ¿todo lo anterior, y más, simultáneamente? El vasto océano de la antropología filosófica será uno de los escenarios para las aventuras a las que nos exponen tales preguntas.

¿Qué tipo de ser es este, el ser humano? Capaz de los más encantadores sueños y de las más temibles pesadillas. Considerando que casi todo lo que llegaremos a saber en la vida lo sabremos —directa o indirectamente— porque otro ser humano nos dice que así es, ¿no está entonces el ser humano —y no Dios— en la verja entre uno u otro lado de las opciones planteadas?

¡Qué maravilla llega a ser un humano cuando su enorme ser interno —su conciencia, su madurez, su destreza, su perspectiva de conjunto— ilumina cual estrella a sus congéneres! Dando ocasión para el entendimiento, la luz que permite el avance de una persona. «¡Que exista la luz!» Génesis 1:3 ¿Será esto una alusión a la luz física, a la radiación electromagnética que como onda-partícula se propaga a 300,000 km/s? ¿O será una alusión alegórica a la iluminación por el entendimiento y, en contraste, a la obscuridad como alegoría de ignorancia e inconsciencia?

El texto “La marcha de la impotencia” de Javier Sicilia es el caso de otra maravilla del ser humano, el expresar ideas clara y sucintamente tal que en otros —como en quien suscribe este texto— produzca el asombro y una gran admiración por aquel que pone en palabras los pensamientos que uno no ha logrado articular en la comunicación o que al intentarlo tan sólo resulta una desazonada palabrería.

Tuesday, September 02, 2008

Taller de filosofía

Proyecto:Taller de filosofía
Nivel:Principiante. Introducción a la filosofía
Objetivo:Divulgar los fundamentos humanísticos para el desarrollo individual así como los costos y los beneficios de la reflexión filosófica, y cómo esta puede servir para obtener más de uno mismo y como puede servir para mejorar nuestras aportaciones en la edificación de la comunidades de las que somos parte (escuela, trabajo, iglesia, colonia).
Condiciones favorables de utilidad:Los siguientes rasgos personales ofrecen más oportunidades de sacar el mayor provecho posible del material a cubrir: disposición para escuchar, curiosear y preguntar activamente, interés por la lectura, la escritura y para presentar públicamente ideas propias.
Audiencia:El proyecto tiene carácter laico y está dirigido hacia cualquier persona interesada que tenga alguno de los rasgos mencionados en las condiciones de utilidad. La razón detrás de dicho carácter tiene dos aspectos: primero, el proyecto atiende una necesidad generalizada en nuestra sociedad, la de divulgación de herramientas para desarrollar el pensamiento propio. Segundo, aumentar la coherencia entre el proyecto y su contenido.
Contexto o justificación: Las personas interesadas en aprender cómo se estudian textos —como la Biblia— en formas más profundas, llegan a concluir que es necesario cimentar dicho estudio sobre mejores capacidades individuales. El desarrollo del pensamiento propio es una de esas capacidades y el estudio de los fundamentos para la reflexión filosófica puede desencadenar el proceso de aprendizaje constante en las personas. Dichos fundamentos son una aportación para el individuo en su creciente interés por perseverar en la búsqueda continua de la verdad. Los siguientes textos, de quien propone el presente proyecto, ayudarían a obtener la vista de conjunto necesaria para visualizar la justificación del proyecto, se sugiere leerlos en el siguiente orden: El texto “Sobre ser adulto” aporta razones por las que es necesario profundizar para mejorar el entendimiento de los temas de nuestro interés y los requisitos para lograr dicha profundización. “La reflexión filosófica es sólo para adultos - 2ª edición” apunta a la relación entre la madurez, la educación y la reflexión filosófica como medio para lograr los planes y propósitos tanto de individuos como de autoridades establecidas en la sociedad. Por último “Lobos, pastores e integridad científica” es un coloquio que sirve como apéndice para ilustrar lo valioso de la ciencia en relación a algunos puntos en los dos textos anteriores.
Inicio:Enero 2009
Duración: Aproximadamente 2 años calendario para el programa completo. La duración efectiva estará en función de la dinámica que emerja de los propios participantes. La lógica detrás de esta calendarización es que —amén del interés— los participantes en realidad tendrían ya sus propias y diversas agendas con las que, con poca probabilidad, puedan abordar el ritmo de un curso al estilo “capacitación intensiva”. Además, este proyecto no es un proceso de transferencia de información y datos, sino que requiere principalmente espacios para reflexionar y digerir el contenido, para hacer investigación, para la lectura, para articular los pensamientos en forma escrita; en fin, requiere tiempo y dedicación. El espacio entre sesiones atiende tal necesidad.
Contenido:12 sesiones bimestrales, cada una de 2 horas, con los siguientes temas: 1º. Introducción a la filosofía 2º. Historia de la filosofía 3º. Ramas y planteamientos generales de la filosofía 4º. Epistemología y filosofía de la ciencia (parte 1) 5º. Creencia y teoría del conocimiento (parte 2) 6º. Introducción a la lógica 7º. Ontología y filosofía de la religión 8º. Ética y filosofía moral 9º. Libertad y teoría de los valores 10º. Pensamiento crítico y pensamiento creativo 11º. Introducción a la crítica textual 12º. Educación, escolarización y pasar la estafeta
Formato: Varios formatos dependiendo del tema, disponibilidad y la dinámica de los participantes: mesa redonda de debate, oratoria expositiva de juicio o tesis, lectura de ensayo, proyección audiovisual, etc. Las formas y dinámicas no se adscribirán a la escolarización tradicional, sino que se opta por las provenientes de otras teorías del aprendizaje, distinguibles por su enfoque adaptativo, emergente y de auto-organización.
Beneficios: Los participantes podrán reforzar fundamentos humanísticos y considerar perspectivas adicionales de solución “de adentro hacia afuera” a sus preguntas en la vida cotidiana. Las personas con una inclinación a la reflexión filosófica podrán contar con un espacio para recibir y aportar entre otras personas con intereses afines. Una mayor oportunidad de encender pláticas interesantes, debates, discusiones de fondo, en la vida cotidiana de los participantes. Fomentar las aportaciones personales a la comunidad en general.

Monday, September 01, 2008

La reflexión filosófica es sólo para adultos - 2a edición

¿Reflexión filosófica?... ¿Y eso para qué?

La condición de ser infante

El infante y el menor de edad comparten ciertas características que los hacen diferentes de una persona adulta, es su inmadurez. Ambos están en el período durante el cual permanecen bajo cierto tipo —en diferentes grados— de tutela física y mental; es decir, que requieren continuamente de alguna especie de supervisión o guía por parte de los adultos para evitar se dañen ellos mismos o a otros; este es el sentido por el cual en este texto nos referimos al infante y al menor de edad como si se tratase de lo mismo.

Ser menor de edad es algo pasajero, y es dicha tutela precisamente la condición que debe tener carácter temporal para que pueda ocurrir el desarrollo de la persona. De otro modo, si la tutela fuese permanente, la persona carecería de las oportunidades de aprendizaje que le permiten por sí misma abordar la vida y le procuran su desarrollo pleno; de su ser físico y de su ser interno. De este ser interno humano nos ocuparemos en este breve texto, en particular de su esquema general y de lo que puede desencadenar su desarrollo.

El ser interno de un infante necesita la tutela para entender algo que justamente no podría concebir por sí mismo pues se sale de sus capacidades, es decir, no existe posibilidad de conciencia fuera de los márgenes de su alcance al día. En parte, es la razón detrás de la clasificación “sólo para mayores de edad o adultos” para entretenimientos o contenidos que contienen brutalidad, egoísmo rampante, desenfreno, sensualismo, etcétera. Sólo los adultos, los que entienden de qué se trata dicho contenido, podrían abordarlo como lo que es. Y son los adultos tutores los que establecen qué es bueno y qué es malo para los infantes. La esencia para el desarrollo del menor consistirá en expandir su alcance abriendo esos márgenes, logrando una visión de conjunto que le provoque más libertad y más responsabilidad (facultad para dar cuentas de su libertad). De esta manera los tutores serán libres del miedo a que el infante tome la vida como lo que no es; quien —con un mayor alcance— ya empezó a dejar atrás la necesidad de la tutela, disponiéndose para arrancarle a la vida su siguiente aprendizaje.

Infantes en cuerpos crecidos

Parece estar bien establecido en la sociedad que los infantes son los que necesitan a un adulto quien les diga cómo son las cosas, para que no vayan a malinterpretarlas, pues por sí mismos son propensos al error —así va la creencia—. Muchos de nosotros pasamos años y años asistiendo a un sistema escolar basado esencialmente en dicho credo, donde casi por completo estuvo ausente el desarrollo de la capacidad propia que permite al menor enfrentar nuevas situaciones por sí mismo sin la necesidad de un tutor, donde la memorización de respuestas mecánicas resulta inútil. Como las cosas importantes por aprender son mucho más de lo que se puede abarcar en la escuela tradicional, podemos considerarnos —a lo mucho y por muy buenas calificaciones que hayamos sacado— acreditados a título de insuficiencia en la materia de la vida adulta. Tal es así, que los que supuestamente ya tomamos las cosas como realmente son: confundimos a la educación con el cursar materias en la escuela; tenemos por adultos a quienes, aún con años encima, exhiben un comportamiento inconsciente, no están dispuestos a cuestionar sus creencias ni a aprender nada nuevo, repiten una y otra vez lo que otros han hecho con tal de perpetuar lo establecido; mantienen y promueven misticismos que prometen resolver todos los problemas mágicamente; en fin, confundimos la edad cronológica con la edad del ser interno.

La escuela o sistema escolarizado, tal como lo conocemos, es un sistema relativamente reciente (de hace 200 o 300 años para el caso del Continente Americano) cuyo diseño esencial obedece a objetivos propios de la autoridad en funciones —Estado o cleros regulares—, como medio para lograr sus planes para la sociedad local en su conjunto, y definitivamente no para el desarrollo de los individuos sino para que estos puedan servir como piezas en la construcción social y colectiva de las naciones. Por ejemplo, ante la revolución industrial, Estados Unidos de Norteamérica concluyó que para lograr sus planes de industrialización sería necesario contar con una fuerza de trabajo dispuesta a ser parte de una máquina, obedeciendo —sin replicar— órdenes del superior y repitiendo incesantemente tareas mecánicas; por lo tanto, la escuela fue la respuesta del Estado y del clero para las demandas de los dueños del capital económico quienes necesitaban mano de obra adecuada; la escuela sería el lugar en donde los futuros trabajadores fueran adoctrinados para leer instrucciones básicas y obedecerlas estrictamente, a formar filas, mantenerse en orden y en uniformidad, a repetir y memorizar, a iniciar y detener actividades al toque de una campana o timbre; tal y como sería en su ambiente de trabajo futuro en la industria. En otras palabras, para el beneficio escogido por la autoridad establecida se diseño un sistema que, en esencia, quebrantara desde la infancia el espíritu inherentemente libre de las personas. Por supuesto, se les dijo que todo era por su propio bien, que todo era para el progreso de la nación en su conjunto.

La condición de ser infante físicamente suele quitarse con el paso del tiempo, no sucede así con la infancia en otras áreas de nuestro ser, por lo que evidentemente aquí no sólo estamos hablando de menores en años, sino también de personas con mayoría de edad cronológica pero que no saben en realidad cual es su edad interior; que para decirlo claramente, somos la gran mayoría de nosotros que apenas —si acaso— alcanzamos ir un rato a la escuela y eso sirvió como el todo de nuestra educación. El presente escrito está dirigido principalmente para los que ya parecemos ser adultos hechos y derechos, para aquellos que tan sólo —y a lo mucho— recibimos escolarización disimulada de educación, pero que aún aspiramos alcanzar la mayoría de edad interna y, con ella, continuar nuestra educación sin importar cuán impopular (y emocionante) pueda ser el camino.

La educación nos ayuda a empatar nuestro estado de conciencia a nuestra edad cronológica, y más; sirve para hacernos más libres, más responsables, más pensantes; en resumen: para ser más de lo que hace humanos a los seres humanos individualmente y en sociedad.

Autoridad y paternalismo

El ejemplo de la escuela que ya contamos nos deja ver cómo las sociedades a las que pertenecemos tienen cada una, en su conjunto, su propia agenda. Pues que así sea; sin embargo, aquí estamos tratando del desarrollo pleno de la persona, es decir, de su educación —de esa que está en manos del individuo—. Nadie puede educarse por otra persona, la educación no se puede delegar, no podemos mandar a la secretaria o al vecino para que se eduque a cuenta de uno. Educarse es darse cuenta, es tomar más conciencia de cómo en realidad es la vida, así que, educarse es un cuento de nunca acabar.

Nuestra propia agenda educativa —ese darse cuenta a título personal— incluye tomar sentido y significado del rumbo decidido por autoridades establecidas (padres de familia, el Estado, clero regular, docentes, gerentes y directivos) en las sociedades a las que pertenecemos, esa es una buena manera de tomar en serio dicha pertenencia. Entender el sentido de lo que la autoridad elije ofrecer al conjunto nos dice a qué tipo de situación nos prefiere llevar ya que, como el ser humano en sociedad ya registra cierto recorrido, esas elecciones no son inéditas y podríamos analizar sus costos y beneficios a la luz de otras sociedades cuyas autoridades han tomado rumbos similares en la historia de la humanidad.

Un caso peculiar es el de la autoridad paternalista, es decir, esa con tendencias a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo (laborales, escolares, eclesiásticas, políticas); asumiendo que le corresponde establecer lo que está bien y lo que está mal para su sociedad, algo así como decidir a priori con qué puede y con qué no puede lidiar su gente. La premisa pareciera ser que el público carece de conciencia y no puede determinarlo por sí mismo debido a su condición de ser infante. Pero, ¿será esa una buena manera de ayudar a que su público tomé conciencia y continúe su crecimiento interno? ¿No sería mejor procurarles la manera para que decidan por sí mismos? ¿Qué impide a una autoridad establecida incluir el desarrollo interno de los suyos como parte de su agenda de conjunto?

En ocasiones, simplemente esa no es la misión de una organización, como las dedicadas al altruismo o la filantropía, que procura exclusivamente el alivio a personas en condiciones de mucha necesidad física, y que diligentemente busca el bien ajeno aun a costa del propio; su motivo principal es el amor al género humano, por el ser humano mismo y sin intervenir de ninguna otra manera en sus vidas.

En otras ocasiones una organización busca exclusivamente su progreso y proliferación, un ejemplo es el corporativismo religioso (tendencia abusiva a la solidaridad interna y a la defensa de los intereses de la institución por encima del individuo). Si la autoridad explícitamente mantiene dicha exclusividad por medio del control de la información y la conservación de su tutela sobre la audiencia entonces es una autoridad perversa y corrupta. Por otro lado, si la autoridad no sabe que incurre en dicha exclusividad, entonces es una de esas organizaciones inconscientes —tan populares en la historia humana— con intenciones impecables y propósitos inmaculados pero que provocan más agravios que beneficios a los suyos.

Por otro lado, hay organizaciones que sí persiguen un crecimiento mutuo simultáneo, el desarrollo personal de los miembros y la manutención de la autoridad. La condición de ser infante en el público será temporal y se procura lo necesario para que lleguen a ser adultos internamente, a saber, la autoridad provee medios diversos y no discriminatorios para la educación (proceso gradual de adquisición de conocimiento confiable) de los suyos, y no solamente su escolarización (adoctrinamiento para infantes).

Muchos de nosotros, ya sea en la vida familiar o en cualquier otro tipo de organización humana, nos encontraremos en posiciones de autoridad a lo largo de nuestra vida y se requiere una práctica seria y constante de la autocrítica para reconocer cuál de los planteamientos anteriores describe mejor nuestro comportamiento hacia nuestro público; además, se requiere aún más fibra moral para ser capaz de buscar y aprender de la opinión educada que nuestra audiencia pueda tener al respecto.

El “derecho” a opinar

Ahora consideremos algo relativo al público en general, se trata de una peculiar creencia: “tengo derecho a opinar”. Las bases del supuesto derecho no están claras, pero suena como si fuese un derecho fundamental y generalizable para todos los individuos indistintamente. Por lo que es sensato preguntar, por ejemplo, ¿en qué se basa el derecho de alguien para opinar acerca de la ciencia mientras que dicha persona desconoce las propiedades del esfuerzo científico? ¿Qué le da derecho a un científico opinar sobre el trabajo teológico si desconoce los términos de lo planteado? ¿Por qué dañarse a sí mismo al opinar destructivamente de la actitud filosófica? Ultimadamente, ¿qué peso relativo tendrán las opiniones que no están debidamente fundamentadas en conocimiento corroborado? ¿Qué justifica sostener una opinión basada en la ignorancia? He aquí que opinar tan sólo porque se puede opinar, sin atención, representa un serio agravante para la sociedad a la que se pertenece y se representa.

El público en general hace bien en participar junto con la autoridad establecida por medio de las diversas formas de aportar para el desarrollo de la comunidad, pero entre sus aportaciones más importantes seguro se encuentran las opiniones educadas acerca de las decisiones que la autoridad toma en su nombre. Sin embargo, no es realista esperar que un público sin madurez interna, sin educación, pueda ofrecer crítica constructiva, argumentando y cuestionando con planteamientos bien fundamentados que incluyan aportaciones importantes para la mejora sostenible de su sociedad. Por eso, una conclusión prudente por parte de cualquier autoridad es buscar medios para la educación de su público y de sí misma pues esto ofrece mejores condiciones para un desarrollo mutuo sostenible. La educación no sucede por decreto o mandato de autoridad alguna. La escolarización puede ser impartida y el entrenamiento puede otorgarse, pero la educación sólo puede ser elegida; en otras palabras, la educación es una decisión personal para siempre mejorar nuestro estado de conciencia y corresponde a cada individuo tener el gusto por su educación, entonces, poder ofrecer opiniones valiosas para cualesquiera que sean los planes y propósitos de la asociación en cuestión.

La dulce y cruel ignorancia

Sin embargo, no es difícil observar que actualmente la decisión por la educación no es muy popular. Dejar que la autoridad establecida tome las decisiones por uno parece ser más cómodo y de hecho es menos oneroso para un gran número de personas. Lo que resulta mortal es creer al mismo tiempo que “tengo derecho a opinar”, es como seguir creyendo en los tres reyes magos y tratar de ser adulto a la vez. Una explicación plausible para tal conducta es que la persona tan sólo sea adulta físicamente pero no lo sea internamente —mental y emocionalmente—, es decir, que la persona haya elegido permanecer en su condición de ser infante. Eso explica la actitud burlona o el sentimiento de aversión que este tipo de infantes tiene hacia quien toma algún sendero diferente o impopular, hacia quien elije incluir a la filosofía, la ética y la ciencia como herramientas para su educación, hacia quien reconoce lo insuficiente de los enfoques puramente prácticos o simplistas.

Una persona puede elegir libremente la felicidad y la despreocupación que la ignorancia otorga. Ya alguien lo dijo: “¿Por qué desperdiciar el tiempo aprendiendo cuando la ignorancia es instantánea?”. Las condiciones para la auto-complacencia y la auto-compasión que ofrece la ignorancia son reales, no es de asombrarse que la condición de ser infante sea lo popular dentro de las organizaciones civiles, gubernamentales y religiosas. El precio es permanecer en un estado estático de ignorancia en donde las dulces emociones que provienen de creer en cuentos de hadas están a la mano sin mayor empeño. La gratificación instantánea del pensamiento mágico, el disfrutar alegría y aprobación aquí y ahora sin molestarse en analizar costos y beneficios de nuestra conducta a largo plazo, son los atractivos de la condición de ser infante.

Un caso particular de estado de ignorancia es la suspensión explícita del aprendizaje por mantener un conjunto determinado de creencias en su percepción original, cancelando así cualquier oportunidad para mejorar dichas creencias; como ejemplo está un caso que llama especialmente la atención, el dogmatismo. El pensamiento dogmático es la posición de personas que no están dispuestas a cambiar de opinión por ningún motivo, se pueden encontrar por igual dentro de comunidades religiosas, científicas, deportivas, políticas, etc. y creen que su modo de pensar representa un ejemplo positivo de apoyo o divulgación para su causa, de la que incluso podrían llegar a ser considerados paladines. Una perspectiva histórica podrá, sin mucho esfuerzo, encontrar al dogmatismo detrás de incontables atrocidades cometidas —por el Estado o por el clero, y a manos del pueblo, en contra del pueblo— en el nombre de una percepción tajante y absolutista. Un ejemplo son los hechos y la explicación de los nacionalsocialistas del partido alemán nazi al quemar 20 mil libros en 1933: "contra la decadencia moral y a favor de la disciplina, la decencia y la nobleza del alma humana".

La historia lo confirma: “Ahí donde queman libros, terminan quemando hombres”.

Un sendero liberador

Entonces, ¿cómo se expande un ser humano por dentro? ¿Cómo abrimos los márgenes de nuestro alcance interno para aspirar a un desarrollo pleno? El ser interno recibe varios nombres, es el espíritu y es el alma, que abarca los pensamientos y las emociones, es decir la mente y el corazón, intelecto y sentimientos, raciocinio e intuición. Las personas nacemos con esas facultades, nos hacen seres humanos —y no ovejas, con respeto a la especie ovina—. Así, a la persona se le puede ayudar dejando que lo intente por sí misma, sin procurarle todo peladito y a la boca, sin tratar de hacerle todo o concluirle todo, dejando de establecerle qué si y qué no hacer, pensar, decir, creer (sin importar lo inmaculado de nuestra intención).

Una educación liberadora, pues, nos ayuda a reconocer los límites de nuestro conocimiento para que podamos llegar a ser más humanos, más comprensivos, y más apasionados de la vida y del aprendizaje; es la tarea de la filosofía. No es que aspiremos a una sabiduría infinita, sino que aspiremos a poner límite al error infinito; a eso apunta la ciencia. La ética nos ayuda a obtener lo más de nuestra libertad y a empeñarnos por vivir lo mejor de la buena vida. Una actitud gustosa por averiguar los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento confiable de la realidad así como el sentido de la conducta humana —es decir— la preferencia por una actitud filosófica, es parte del camino hacia el desarrollo del ser interno; adoptar de continuo la reflexión filosófica ayuda en la carrera para alcanzar la mayoría de edad interna.

Conclusiones

Primero, ya podemos plantear que la reflexión filosófica podría recibir la clasificación “sólo para adultos”, con base en lo establecido previamente, pues algunas personas que son expuestas al contenido de la reflexión filosófica encuentran que sus más entrañables creencias —como las percibieron originalmente— no son ciertas y al contemplarse privados de las emociones que les producen dichas creencias prefieren descartar toda búsqueda o aprendizaje adicional por ir en pos de aquello o de quienes les afirmen sus emociones (en ocasiones referido como “lo que siente tu corazón”). De esto se desprende la observación que promover a las emociones —como golosinas para infantes— o “el estado del corazón” como objeto último de búsqueda por encima del raciocinio no resulta en algo absoluta e incondicionalmente positivo (y viceversa, claro está). Sobre todo considerando que entre más tiempo transcurra una persona manteniendo una creencia sin mejorarla, más difícil podría resultarle cuestionar su entendimiento original en dicha creencia.

Segundo, los fines que persigue la reflexión filosófica, personal, coinciden con los fines que una autoridad busca al proveer medios para la educación de los suyos y de sí misma. Por lo que abrir los espacios y los formatos, dentro de una sociedad u organización, donde brote y florezca la reflexión filosófica procurando la difusión de las bases de la filosofía (filosofía de la ciencia, filosofía de la religión, pensamiento crítico, pensamiento creativo, etc.) es algo muy sensato que una autoridad puede hacer en nuestros días por las personas en su audiencia1.

Notas

1 Versiones preliminares de este ensayo han sido presentadas a varios representantes de la autoridad en organizaciones tanto civiles como religiosas, pues el planteamiento aplica de forma generalizada en la relación autoridad – público. Entre las respuestas recibidas se observan desde posiciones a favor hasta posiciones sanamente escépticas. Sin embargo, es peculiarmente notoria la respuesta de algunas autoridades religiosas la cual, básicamente, consiste en explicar que como los apóstoles de Cristo fueron incultos en su época entonces su público hoy en día tampoco necesita tal enfoque en la educación. El hecho de que han pasado más de dos mil años de aquellos sucesos parece no hacer diferencia en su respuesta. Pues entonces quedan abiertas preguntas como ¿es el caso de estas autoridades que ni ellos mismos se educan ni aceptan que su público lo haga? ¿Suponen que su audiencia está compuesta exclusivamente de adultos (internamente hablando)? De otro modo, ¿cuál es el motivo detrás de su posición? Siendo que, quizá, su audiencia se encuentre entre las más necesitadas de la reflexión filosófica y de la mayoría de edad interna.