Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Wednesday, January 26, 2011

Filosofar antropológicamente

En la expresión básica del filosofar encontramos ya esa pregunta esencial ¿Qué soy? Conocerse a uno mismo se antoja como una de las búsquedas más importantes en la vida humana. No escasean las definiciones de éxito que se centran en acaeceres externos a la persona. Logros observables por quien nos rodea. Pero qué hay de los logros internos, resultado del entendimiento, ¿acaso no son, en retrospectiva, logros igualmente relevantes? Pues la conducta externa y observable no es muestra inequívoca de la presencia de entendimiento, como un intérprete de idiomas o un histrión podrían atestiguar. Y sin embargo, dichos logros no suelen celebrarse de la misma manera ante la sociedad.

El entendimiento de uno mismo, de aquel que se nos aparece en el espejo, puede derivar en uno de los momentos más cruciales en la vida humana: el momento de mirar fijamente los ojos de esa persona en el espejo y decir, con plena consciencia de lo que implica, y con toda intención, te amo, y yo cuidaré de ti. Pues es con ese ser con quien realmente contamos en la vida y con quienes pasamos incluso los momentos cuando creemos estar absolutamente solos. Uno mismo representa la experiencia y el conocimiento más básicos. ¿Qué sentido puede tener el trascurrir de la vida conociendo lo que está por fuera de la persona sin que esto sirva para conocernos más a nosotros mismos? Por supuesto, para que ese amor propio no degenere en narcisismo debe estar basado en un continuo darse cuenta de ese yo y de su entorno, de la Naturaleza de la cual es parte, de las relaciones con sus semejantes y con sus no semejantes.

El asombro es interminable al dirigir, luego, la atención a los otros seres a nuestro alrededor. Otros seres humanos, animales, plantas, etc., con aquello llamado vida que los hace ser por sí mismos. La aventura es perenne al caer en cuenta que por mucho que creamos conocer a un ser querido, escasamente en realidad estamos empezando a conocerle. Pues un atisbo a nuestra propia vida interna hace inferir la inmensidad de lo que hay por conocer de esa otra persona querida. La diversidad cultural en nuestras sociedades alrededor del mundo, con una cifra redondeada de siete mil millones de seres humanos vivos al año 2011 de la Era Común, no acaba de agregar motivos de asombro por cuán interminable es el número de seres humanos que nunca conoceremos.

Las palabras no alcanzan para referir la estupefacción que produce llevar la mirada alrededor y ubicar la biósfera del planeta Tierra, el ambiente natural de la vida orgánica como la conocemos. No conocemos otro ser orgánico vivo fuera de ese tenue estrato de nuestra atmosfera. Para vivir de forma natural, es la biósfera de la Tierra y nada más.

Al contemplar el exterior del planeta, y admirar lo que alcanzamos a ver y a estudiar ahí, simplemente quedamos sin habla. Pero aún más sorprendente es lo que no alcanzamos a ver y a estudiar del Universo. Los astrofísicos y astrónomos han estimado que la energía y materia conocidas, de las cuales estamos formados tanto nosotros como todos los cuerpos celestes observables, no representa más que el cuatro por ciento del Universo. Sólo el 4%. El 96% restante está hecho de algo que aún desconocemos. Los científicos estiman que ese resto está repartido entre lo que han llamado energía oscura y materia oscura —el término oscuro se eligió para indicar algo aún no conocido—. De tal modo que estamos ante una revolución copernicana suprema pues no solamente no estamos en el centro del Universo, no ocupamos un lugar de relevancia en el escenario cósmico, sino que ni siquiera estamos hechos de lo mismo como lo está la vasta mayoría de lo que hay en el Universo.

La antropología filosófica ha jugado un papel decisivo en delinear la forma en cómo el humano se concibe a sí mismo y el curso que toman las sociedades. Un ejemplo notable es la reflexión que provocó el conocimiento científico de la revolución copernicana del siglo dieciséis. Si bien al principio de dicha revolución nada parecía cambiar por el hallazgo de la verdad del sistema heliocéntrico por encima del sistema geocéntrico, las implicaciones sí que tuvieron un notable efecto en el auto-concepto del ser humano en las sociedades de los siglos posteriores. El individuo ya no estaba obligado a obtener la totalidad de su conocimiento a partir de lo que decían las instituciones religiosas, o el Estado, o las figuras de autoridad en general. Galileo mostró, al dirigir su telescopio hacia el firmamento, que el conocimiento puede ser adquirido por indagación personal. Luego entonces el individuo podía ir por sí mismo, guiado por su curiosidad, a buscar y corroborar el conocimiento sin depender inevitablemente de la autoridad. Esa simple idea, como bola de nieve, derivó en la posibilidad de escapar al pensamiento medieval —pero eso depende de los individuos—. De igual manera los hallazgos astronómicos de hoy tendrán un enorme impacto en el auto-concepto de la mujer y del hombre en las sociedades de los siglos por venir.

Contamos entonces con monumentales espacios para admirarnos y emprender búsquedas e indagaciones inacabables. Desde el espacio intrapersonal, el interpersonal, la sociedad, y la demás Naturaleza a nuestro alrededor. El horizonte de lo desconocido, de lo que hay por conocer, me parece motivo de ánimo pues todo está por delante, y no estamos obligados a aceptar, a fuerza de imposición, que nuestra vida deba ser una repetición de lo que alguien más ya ha recorrido. Tampoco estamos obligados a seguir los patrones del acondicionamiento social prevaleciente, el cual tiende a poner límites arbitrarios y ridículos a lo que una persona puede ser, pensar, conocer, decir, cuestionar, recrear, etc.; límites sin relación alguna con pensamiento lógico ni con las regularidades o leyes que se derivan del conocimiento científico de la Naturaleza. Por ejemplo los esquemas jerárquicos prevalecientes en una gran variedad de instituciones, tanto políticas, educativas, corporativas, religiosas, etc., donde los escaños parecen confundir la relación entre experiencia y sabiduría. Otro caso son las políticas públicas que buscan acomodar los intereses particulares de los poderosos pero sin consideración alguna de si tales políticas tienen efectos colaterales en contra del ambiente que pertenece a todos nosotros.

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