Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Monday, December 27, 2010

¿Para qué teología filosófica?

¿En qué sentido un ser humano se desarrolla “espiritualmente”? ¿Qué es el ser humano? ¿Cómo se desarrolla el espíritu o esencia de la especie humana? Aquí ya tenemos un rasgo de las posibles respuestas ante tan inagotables interrogantes: un ser que hace preguntas se desarrolla al cultivar el acto de preguntar. La curiosidad, la exploración, ya están presentes en las primeras etapas del infante pues lo facultan hacia una vida humana. Es un asunto de énfasis. El potrillo nace caminando pues es algo esencial para una vida equina.

El cultivo del espíritu humano incluye, entonces, ampliar progresivamente la capacidad de identificar y formular buenas preguntas. Una persona puede así alcanzar un siguiente nivel de indagación: el cuestionar. Aquí tenemos ya una propiedad del humano adulto con la cual continua su desarrollo en los diversos campos del actuar humano: el lenguaje, el mito, la religión, el arte, la filosofía, la ciencia, la historia, etc., son provincias por las cuales prosigue su exploración y su búsqueda de todo tipo de respuestas.

¿Cómo se relaciona esto con el ejercicio teológico-filosófico? La Teología es una provincia más en el vasto horizonte del pensar humano. La Teología comparte con la Ciencia natural el ser muy malinterpretada por la opinión popular. Para el caso de la Ciencia natural basta preguntar al vecino promedio: ¿Existe el método científico?, para hacer manifiesta tal malinterpretación. Para el caso de la Teología basta escuchar los trasnochados argumentos de las teologías basadas en dogmas para observar su incongruencia con la realidad expuesta por el esfuerzo científico contemporáneo. Además de observar que los principales argumentos en contra del teísmo, como lo entienden esas teologías caducas, no provienen del ateísmo sino de la propia historia de las tradiciones abrahámicas.

Sin embargo, la notable influencia del fenómeno mítico-mágico-místico-religioso sobre el imaginario social, incluyendo la influencia sobre los dirigentes de instituciones políticas, económicas, delincuenciales, religiosas, e incluso científicas —basta observar el culto que le rinden a la teoría de cuerdas en algunas facciones de la física teórica actual—, nos debe alarmar para tomar en serio este fenómeno religioso. En particular el grave tropiezo de marcar muros entre personas, declarar líneas entre “nosotros” y “ellos” como si fuesen muros reales, representa una de las mayores miopías en la Humanidad hoy en día.

No necesitamos más superstición ni pensamiento mágico, sino menos. Ya que la religión llegó para quedarse y el pensamiento mítico-mágico-místico-religioso contribuye una gran parte a la causa del comportamiento inconsciente y desinformado en la sociedad, entonces me parece que se requiere tomar más en serio a la religión, no menos. Por supuesto no me refiero a tener más rituales y más liturgia, sino a divulgar y promover la investigación teológico-filosófica para así obtener teorías teológicas más acordes a una Humanidad plural y diversa como la que en realidad se confirma ante nosotros. Nuevas teorías teológicas podrían tener el potencial de aportar a los cambios sociales que necesitamos, tanto potencial –o más– como nuevas teorías políticas.

Como sabemos, la situación no es alentadora en el mundo, las cosas no están dadas como para esperar que los cambios vengan de algún prelado jerárquico. Los cambios importantes inician desde cada individuo y no desde el exterior del individuo. A través del ejercicio teológico-filosófico el individuo profundiza en sus creencias más íntimas y desde ahí puede remover el miedo que los sistemas doctrinales jerárquicos han impuesto para dominar sus decisiones. Tan perverso ha resultado tal adoctrinamiento que el individuo religioso promedio mantiene ese temor jerárquico no sólo durante toda su vida, sino que además lo alcanza, supuestamente, después de su muerte. No es para sorprenderse, entonces, que el poder de la estupidez se pueda explicar cuando un individuo prefiera mantener dogmas a cualquier costo —sin importar que perjudiquen a muchas personas— con tal de conseguir su supuesto gran premio después de su muerte. ¿No es el caso de aquellos clérigos y ministros de culto que afirman que hoy en día no es necesario ser un erudito de la Biblia para llamarse propiamente un cristiano?

La perspectiva de una Ciencia elitista, inalcanzable para el ciudadano promedio, ya no se sostiene; hoy más que nunca la posibilidad del pensamiento científico depende más de la curiosidad del propio individuo que de los medios a su alcance. Así mismo, la Teología debe acercarse a aquellos individuos con ese particular sentido de devoción y veneración para que, desde su ámbito personal, prosigan en la búsqueda de respuestas últimas congruentes con las respuestas próximas que ofrece la realidad científica de la Ciencia natural. Pero sin el temor ni el temblor que proponen las agotadas teologías basadas en dogmas; es decir, sin el opio religioso.

Para prosperar hacia un sentido más profundo de ser humano requerimos mejores teorías, tanto científicas, económicas, político-sociales, etc.,...y también teológicas. Pues una teoría teológica tendría también el mismo propósito general que tiene la Ciencia natural: conocernos a nosotros mismos; o como lo pregunta Erwin Schrödinger: ¿Qué somos?

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