Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Saturday, May 26, 2012

Cambiemos para seguir igual

El otro día Gustavo Sassano me mostró esta imagen. La cual me provocó estas reflexiones.

Consideremos la siguiente interpretación: el sartén sería un sistema establecido, las caras de la tortilla serían los cambios o mejoras que buscan hacer quienes tienen puestos sus intereses en esos cambios o mejoras, la mano que sostiene el mango del sartén o el dueño de dicha mano sería el poder atrincherado, sea poder político, económico o religioso, quien determina el qué y el cómo de lo que cambia o deja de cambiar en el así llamado “mundo real”.

Los intereses atrincherados han tenido una muy variada cantidad de técnicas para salirse con la suya. Una de ellas sería esa que ridiculiza Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela «El gatopardo». De la cual se deriva esa técnica del gatopardismo:

«"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie". "¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado". "…una de esas batallas que se libran para que todo siga como está."»

Se puede aplicar en muchas situaciones, en las que hay múltiples capas de poder por encima de un individuo y que, aparentemente, representan el “todo” de su mundo real y por las cuales —dicen— no hay nada por hacer al respecto. El individuo está obligado a aceptar dicha realidad pues no es dueño de esa realidad en la cual siempre habrá figuras paternalistas que le definan su vida y su destino. Lo trágico es que algunas formas de “educación” imperante refuerzan desde la infancia tal perspectiva.

¿Cómo podría ser capaz un individuo, común y corriente, como yo, de lograr una cosmovisión distinta para sí mismo?

No puedo dejar de reflexionar sobre lo positivo del cristianismo, y sobre lo trágico cuando esas capas de poder secuestran esos aspectos positivos para servirse ellos y negar a los individuos lo que les pertenece —lo que no pertenece a las instituciones religiosas jerárquicas y anquilosadas: el uso de la devoción y el fervor personal por lo infinito o la bondad o lo absoluto o el amor o la libertad para imaginar y crear nuevos mundos posibles.

¿No acaso la idea de bautismo, el nacer de nuevo de lo alto, puede tener muchísimos significados, tantos como individuos quieran tomar en serio los textos bíblicos? ¿No acaso la idea de poner vino nuevo en cueros viejos implica la transformación continua de la conciencia y la mejora de nuestras opiniones y creencias?

Un hombre unidimensional suele afirmar que los textos bíblicos tienen una y sólo una interpretación verdadera, pues —según ese hombre unidimensional— La Verdad es su más preciada posesión. Sin embargo, la idea de La Verdad es una idea feroz, arrolladora; pues fácilmente seduce a quién anhela el poder sobre otros. Poseer La Verdad no es algo para humanos, ni siquiera para dioses ni demonios, pues el peso de tal posesión es excesivo, dilapidante. Tan fatídica es tal carga que quien osa llevarla se condena a sí mismo a la perenne futilidad de Sísifo —ver «El míto de Sísifo», de Albert Camus.

¿Será acaso, entonces, que una de las verdades evangélicas del cristianismo, aquella que nos debiera hacer libres, es una verdad con minúsculas, más simple y más próxima?

Por lo que, ¿será una verdad cristiano-evangélica toda aquella que, precisamente, es verdad debido a que nos libera, y si no lo hace entonces puede justificadamente ser desechada?

Así, aventuro la siguiente reinterpretación bíblica: la idea de la esposa de Cristo, la Iglesia escogida, es la biósfera terrestre con todas sus especies sensibles; y, entre ellas, la especie humana, la que también ha sido dotada con facultades como la intuición, la emoción y el raciocinio, representa la casta sacerdotal consagrada al servicio de dicha comunidad global, para el desarrollo de las facultades de esa comunidad y para su florecimiento homeostático.

A partir de tal reinterpretación —o cualquier otra similar—, aquel miembro activo en lo positivo del cristianismo, o de cualquier otra religión organizada e institucional, puede con entera confianza y seguridad abandonar la idea de La Verdad, cuyo efecto es el pensamiento sectario, y que desafortunadamente usurpó el lugar que le corresponde a la libertad que viene de las verdades —con minúsculas— cristianas.

¿Algún juicio crítico que tengan la bondad de ofrecer a este pobre humano ignorante —su servidor?

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