Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Sunday, April 07, 2013

¿Tendrán dueño las ideas?

‘Sublime’, ‘reverenciable’, ‘divino’, pueden ser palabras de gran relevancia para un ser humano, así como también lo son palabras como ‘cristianismo’, ‘judaísmo’, ‘islamismo’, y otras no menos relevantes como ‘ciencia’, ‘filosofía’, ‘historia’, y tantas otras que sirven para referir conceptos muy “grandes” —o inagotables, pues.

¿Alguien es dueño de esas palabras, o de sus referentes? Sin embargo, algo hay en las ganas de apropiarse de ellas, y de no compartirlas, que asemeja la actitud egoísta de un niño caprichoso que siempre quiere tener la razón. Ese niño sigo siendo yo, pues aún encuentro la idea de ‘La Verdad’, y la pulsión de poseerla, como algo tan embriagante.

En semejanza con un adicto, o un alcohólico, cada día necesito contrarrestar dicha pulsión con algún antídoto o paliativo. A mí me funciona la «búsqueda» de la verdad. Aunque ahora tan sólo me sirva para aspirar ya no llegar a La Verdad, en general, sino tan sólo a la verdad de casos particulares, lo cual considero es algo más modesto. Y aun así, ese paliativo tan sólo me sirve para un rato, pues se agota con rapidez; es decir, cualquiera de mis opiniones en el ámbito de semejantes palabras pierde su validez ante nuevos casos particulares. De tal modo que ahora no busco defender mi opiniones, sino evaluarlas.

Por ejemplo, por muchos años defendí la divinidad del Jesucristo presentado en el evangelio bíblico atribuido a Juan (tal Jesucristo es un Jesucristo distinto del presentado en el manuscrito anónimo atribuido a alguien llamado Mateo, y a su vez distinto del Jesucristo presentado en el también manuscrito anónimo atribuido a alguien llamado Marcos, —con Lucas sucede igual), pero al poner bajo examen tal creencia reconocí que el proceso por el cual llegó ese concepto de la divinidad de Jesucristo a mi mente fue un proceso histórico y cultural. Un proceso como el ocurrido a la diversidad de comunidades cristianas de los primeros siglos del cristianismo. Entre las cuales se atestiguan, históricamente, opiniones diversas sobre quién fue Jesucristo: sólo un hombre, todo un dios, un semi-dios (héroe engendrado por una deidad), y otras variantes. No deja de ser fascinante el proceso histórico por el cual las diversas tradiciones llegaron a una síntesis cristológica: hombre + dios —sin olvidar los enormes intereses de poder religioso y político detrás de tal síntesis.

Con todo, lo notable es que las opiniones tienen su validez dentro un marco teórico específico, fuera del cual la pierden. Así me explico los desencuentros al discutir de religión: se discuten opiniones fuera de su ámbito teórico propio.

Yo ya no quiero tener la razón en general, eso no me interesa, pues sólo me sirve para alimentar la miserable adicción de la que quiero desprenderme. En religión, cada uno podría tener su parte de razón, pero en su propio contexto, muy particular y local. Y como las creencias religiosas caen en la categoría de opiniones de gusto —y no de hecho— pues entonces, por mí, que cada uno escoja el sabor que más le guste. Habrá opiniones que sepan a fraternidad, a compasión, a perdón o a aprendizaje; esas a mí me saben bien. Habrá otras que tengan sabor a sectarismo, a xenofobia, a homofobia o a misoginia, el sabor de esas me repugna.

Una comunidad puede formarse alrededor de ciertas ideas; tanto en religión como en ciencia las comunidades son algo muy importante, y si un individuo quiere aprender, digamos sobre ciencia o sobre religión, entonces necesita participar en alguna de esas comunidades, como parte de su propio esfuerzo de investigación del tema. Una comunidad representa una fuente tanto de experiencias maravillosas como también de crueles pesares, quizá esa mezcla es un rasgo del sentido social de lo humano, y algo que tal vez lo haga ser enriquecedor. Así que ambos, lo dulce y lo agrio, sirven por igual cuando se participa activamente en una comunidad, de cualquier tipo.

Como el principio de lo social reside en el individuo, entonces esa mezcla —lo agridulce, pues— suele estar presente primero en el individuo. Por ejemplo, el caso de la tensión entre ortodoxia y heterodoxia. ¿No acaso, quizá, cada uno ha estado de cada lado? Yo sí. He causado dolor a otros, a veces sin saberlo, por defender alguna añeja y agotada ortodoxia por encima del parecer de cualquiera. Y también me ha causado dolor ser el hereje a quien marcan socialmente por mantener opiniones distintas a las aceptadas. No sólo en religión, sino en política y en el ámbito laboral. Todo ha servido para madurar un poco, pero no mucho pues aún sigo siendo muy obstinado, complejo, insufrible.

¿Será que un objetivo constructivo de una comunidad deba ser expulsar —cual útero— a sus miembros para que crezcan?, ¿y la ortodoxia tan sólo sea una excusa para lograr su último cometido parental? No lo sé. Pero, como papá, evitar que los hijos dependan de mí para todo me parece importante.

He notado, con asombro, cuán frecuentes son las autoproclamadas elites que se creen dueños de las ideas. Actúan como si tuvieran el monopolio de algo que claramente los rebasa histórica, geográfica y culturalmente. Al tener los medios para imponer sus opiniones sobre los demás se hacen de cada vez más poder e influencia a costa de la ignorancia de muchos. Por ejemplo, con base en la supuesta dicotomía entre fe y razón, abundan los “maestros” que exigen a los demás tomar partido: “o una o la otra, pero no las dos”. O también: “la razón hasta cierto límite, y luego la fe” —tal límite impuesto por la elite, claro. ¡Ah!, pero ellos sí se valen de la razón, mientras que a los demás les toca tan sólo acatar. Y si alguien se prepara para hacer su propio desarrollo teórico, ya sea en teología o en otros campos similares: ¡a la hoguera de la exclusión, por hereje!

Las fuerzas culturales más presentes para muchos de nosotros, desde la infancia, han sido la religión y el futbol. Y entonces se crece mirando al mundo en términos de grupos partidistas a los cuales hay que pertenecer, pero sospecho que el mundo es más grande que un conjunto de sectas, ya sean religiosas, políticas, económicas, etc. Así que, como parte de mi proceso auto-reeducativo, ahora busco mayor capacidad para convivir con lo distinto a mí y aprender de la heterodoxia y de la herejía, del sacrilegio y de la apostasía.

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