Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
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*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Sunday, January 06, 2013

¿Erradicar la pobreza económica?

Si el poder político y el poder económico son quienes están en posición para resolver los apremiantes problemas en nuestra sociedad, ¿por qué las soluciones a dichos problemas avanzan con excesiva lentitud o de plano están obstruidas por una solución simulada? Por ejemplo, una de las causas de la pobreza económica es la escasez de dinero, pero el funcionamiento del sistema económico neoliberal imperante, basado en un sistema monetario, depende de la permanencia de dicha escasez. Por lo que se puede identificar un claro conflicto de intereses para implantar soluciones definitivas a la pobreza económica en la interpretación dominante de las ideas económicas de Friedrich August von Hayek y otros académicos neoliberales.

Aclaro que la pobreza económica entendida como falta de dinero aplica para sistemas económicos basados en, precisamente, el concepto de dinero, y en la escasez del mismo. La economía, por supuesto, es un concepto teórico mucho más amplio cuyo cabal entendimiento presupone salir del analfabetismo económico y filosófico impuesto por la exagerada especialización de los sistemas escolares más frecuentados, donde la excesiva compartimentación del conocimiento ha servido a las demandas del poder económico, principalmente. Por lo que es descuidado entender la idea de economía tan sólo en términos de una interpretación que asume la existencia del dinero, y ese descuido es parte del problema de la pobreza económica.

La diversidad de teorías económicas, que provienen incluso de Premios Nobel de Economía, y el avance tecno-científico, ya justifican proyectos para erradicar, de una vez por todas, a la pobreza económica mundial, pero no con abundancia de dinero sino con una administración inteligente de los recursos del planeta. No obstante, por mucho que pueda sorprendernos, aún son muy aceptados los discursos que afirman que es necesario mantener la existencia de la pobreza económica pues supuestamente juega un papel como parte del bien para la humanidad.

Esos discursos que intentan justificar la existencia de la pobreza económica no sólo provienen del poder económico, y de la pertenencia de clase, sino también del poder religioso y de la cultura popular de interpretación ramplona.

Un ejemplo es el Premio Nobel de la Paz 1979, Teresa de Calcuta, cuyas ideas teológicas la llevaron a impedir el alivio total del sufrimiento de los pobres supuestamente porque la pobreza es una virtud y “el mundo gana con su sufrimiento”.

En la cultura popular también hay discursos que impiden la erradicación de la pobreza económica, pues hay una identificación con ella; de no existir tal pobreza entonces desaparecerían las excusas para la re-educación y habría un vacío de identidad, ya no habría a quien señalar como el opresor y el causante de la pobreza económica propia más que a uno mismo. También hay discursos donde la pobreza económica debe existir para mantener las jerarquías socioeconómicas pues, según estos discursos, los pobres nunca serán iguales a las elites que tienen en sus manos los rumbos de las sociedades civilizadas.

La voracidad desenfrenada de un neoliberalismo globalizado es una causa de la pobreza económica; ya que la permanencia de este tipo de pobreza es conveniente para unos pocos en ese sistema económico. Pero, como otros problemas de escala mundial, la situación es multifactorial. Por lo que las posibles soluciones definitivas deberán también ser multifactoriales. Para que la pobreza económica sea erradicada habría que iniciar por reconocerla como un problema que requiere solución, y no tan sólo como una condición humana permanente, o como "una virtud". Al indagar sobre posiciones que no ven a la pobreza económica como un problema que requiere solución encuentro muchas razones por las que tendremos ese tipo de pobreza indefinidamente, pero ninguna puede justificarse como un dechado de justicia y de virtud sino como parte del problema. Algunas de esas posiciones están basadas en la codicia. Otras están basadas en un sentido de jerarquía social, por el que la pobreza económica debe existir para que unos puedan sentirse muy buenos al dar limosna a "los de abajo". La institucionalización indiscriminada de esa actitud autocomplaciente es una evidencia de la institucionalización de la pobreza económica: la existencia de instituciones de caridad depende de la permanencia de la pobreza económica —un caso muy distinto son aquellas instituciones, civiles o gubernamentales, que erradican la pobreza económica en una localidad para luego ocuparse de otra. Esas posiciones, entre otras, son parte del problema pues toman como premisa la existencia de la pobreza económica, haciéndola permanente.

Por otro lado, hay muchos tipos de posiciones que aportan al alivio de los efectos del problema, y, aunque transitorias, son efectivas. Con todo, las soluciones finales no sólo están en las manos del poder político o económico (o quizá nunca en las manos de ellos) sino en los individuos como mayoría. Pero no sé si la mayoría quisiera que la pobreza económica fuese erradicada, habría que agrupar las opiniones en las diversas posiciones para tener una idea de quiénes aceptarían la erradicación de la pobreza económica. Por supuesto, esa posible agrupación sólo sería para tener una estimación estadística del respaldo para esa potencial erradicación.

¿No queremos, en realidad, erradicar a la pobreza económica? ¿Esa es nuestra estatura moral neta? ¿De dónde viene ese grado de mezquindad o de narcisismo? Aquí es donde es relevante el análisis cultural pues no lo podemos atribuir a la “naturaleza humana” pues no hay tal. El animal humano es moldeable ya sea por su ambiente o por él mismo en su estado maduro. Por ejemplo, ese concepto de la neuroplasticidad que las neurociencias han comprobado es una muestra de aquello. No estamos condenados a seguir siendo los mismos, pero se requiere esfuerzo y muchas otras cosas. Para empezar: conocerse a uno mismo.

Conocerse a uno mismo implica pensar en el proceso sociocultural por el cual llegué a albergar mis opiniones actuales sobre, por ejemplo, la pobreza económica. Soy un producto de mi ambiente y de mi circunstancia sociocultural, ¿hasta qué punto ese proceso ha sesgado mis opiniones a la fecha, hasta qué punto mis opiniones serían distintas de otras formadas por un proceso de madurez, amplio y profundo?

Me encuentro abrumado por la profundidad y por la miseria de mi propia ignorancia, la cual circunda mis opiniones actuales en muchos temas importantes; tanta ignorancia es intolerable. Al mismo tiempo me intriga cómo alrededor escucho a tantos, por doquier, vociferar sus opiniones con tanta seguridad, con tal desfachatez como si fuesen opiniones bien justificadas, debidamente formadas, probadas por los filtros para los sesgos cognitivos y por los filtros de la autocrítica sociocultural.

De alguien común y corriente como yo, alguien parte de esa masa social informe que representa el botín de los poderes político, económico, religioso, etc., alguien para quien “el sistema” quiere determinar su destino sociocultural con base en mi circunstancia específica de origen, de alguien con ninguna posición de poder o influencia más allá de un diminuto círculo, de alguien como yo se esperaría un completo abandono a las fuerzas culturales que insisten en definir mis opiniones, se esperaría que tan sólo aspirara a convertirme en una copia de los demás en algún subgrupo sociocultural asignado por las circunstancias. Pero no aspiro a eso. De tener oportunidad de proveer las necesidades básicas de alimento, techo y vestido para mi familia entonces aspiro a, primero, intentar tomar conciencia de los problemas en la sociedad y de cómo yo mismo aporto para la causa de los mismos y, segundo, intentar ser parte de las soluciones.

Al indagar algunas de las diversas posiciones al respecto de la pobreza económica encuentro no poca evidencia por la que este tipo de pobreza permanecerá indefinidamente. Pero encuentro algo en común en tales posiciones: si la pobreza económica permanece es más por causa de que así lo elegimos y menos debido a alguna fuerza inamovible de la naturaleza del problema. Mientras no rechacemos los discursos que interpreten a esa pobreza como necesaria entonces somos parte del problema.

He aludido a posiciones en general del poder político y económico, así como del ámbito religioso y algunas opiniones en la cultura popular, pero ¿qué hay de los eruditos en la academia? También ahí podríamos encontrar una diversidad de posiciones, algunas en favor y otras en contra de la erradicación de la pobreza económica. Algunas de estas posiciones serían parte potencial de las soluciones, y, al ser de tipo teorético, son una parte muy importante de esas soluciones. Nuevas teorías económicas son necesarias, claro, pero no son suficientes para la implantación de soluciones definitivas al problema. Las teorías nuevas y más amplias sirven como nuevos bastidores de pensamiento y práctica, para pensar fuera de los esquemas caducos de pensamiento como los falsos dilemas entre capitalismo y comunismo. Pero un trabajo teorético sólido requiere de la retroalimentación que proviene de la aplicación de los conceptos teóricos, y mientras los académicos no busquen y acepten esa retroalimentación entonces sus miras quedarían limitadas a la búsqueda de su propia sobrevivencia económico-capitalista. Como lo apunta Loïc Wacquant:

«Las instituciones académicas en general funcionan aislando a los intelectuales potencialmente peligrosos para el sistema capitalista en cápsulas de rebeldía inofensiva. ...los intelectuales “críticos” compran su derecho a la existencia con la aceptación acrítica de las reglas de juego capitalistas.»Loïc Wacquant, citado en Los límites del pensamiento “crítico” en ciencias sociales.

Los académicos así limitados, los que supuestamente están a cargo de la “educación universitaria”, tampoco estarían en posición de ser parte de las posibles soluciones definitivas a la pobreza económica.

Entonces, no es en realidad el poder político, ni el económico, ni siquiera los académicos, quienes están en posición para dar solución al problema, sino quienes —de manera individual— aceptamos y alimentamos a los sistemas que lo generan en primer lugar.

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