Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Friday, March 16, 2012

Respeto

Mi amigo Guxt recién preguntó:

¿Te pasa que alguien te dice, con mucha altura, "Ellos piensan diferente, los tienes que respetar"?

Lo cual me recordó algunas reflexiones sobre tan relevante tema: el respeto. Pero quizá la afirmación aludida la hace quien entiende por «respetar» lo que yo entiendo por «tolerar». Quizá, después de dialogar, acordaríamos que la palabra que realmente quiere usar es «tolerar». Pues el respeto está más cerca de otras ideas más importantes, como por ejemplo, el amor; ideas que ante la obligación desaparecen. Yo respeto a mi abuela María Guadalupe; respeto la honestidad intelectual; respeto el servicio desinteresado; respeto a quien es capaz de aprender de alguien diferente de sí mismo. Pero no tengo que respetar una mera opinión; quizá la tolere, pues el respeto sólo vendría después de encontrar una muy buena justificación.

Además, cuando escucho esa exigencia de “respeto” sospecho que quien la exige cae en el vulgar descuido de confundir personas y opiniones. Las personas merecen respeto por ser personas pero las opiniones no requieren respeto, no lo necesitan, lo que demandan es justificación. Lo que las opiniones requieren es que se piensen a fondo y que se les aplique examen crítico. Quizá, por otro lado, la exigencia en realidad consiste en que yo reconozca sus apegos. Alguien que exige respeto para un tercero tal vez conserva un apego con ese tercero, quien le significa mucho, pero tal apego entonces lo tiene que respetar ese alguien, no yo; pues no tengo ese apego particular. Al aceptar la identidad entre personas y opiniones se pierde la oportunidad de mejorar o cambiar las opiniones. ¡Cuánto daño se hace, ultimadamente, a las personas cuando sus opiniones no son criticadas!

Así, por ejemplo, amo y admiro profundamente a mi abuela María Guadalupe —de quien sigo sintiendo mucho su muerte—; al mismo tiempo, y precisamente por ese amor y admiración, he tomado en serio sus opiniones, las he tratado de entender a fondo, las he sometido al más severo examen crítico, precisamente porque fueron importantes para ella y lo son para mí. De esa manera puedo ahora saber que mis opiniones no son tan diferentes, en lo profundo, que las de mi abuela; aunque a simple vista alguien pudiese percibir que somos polos opuestos —en particular en el terreno religioso. He así que puedo decir de manera justificada que respeto a mi querida abuela María Guadalupe, pero no por nuestras coincidencias sino por su propio ser.

Por otro lado, no ha faltado, además, quien me ha exigido algo similar a lo citado por mi amigo Guxt, diciendo en tono grandilocuente: “Hay que tener respeto por la autoridad”. Cuando en los hechos lo que me exige es obediencia ciega, y no respeto. ¡Pero estos perros guardianes de la obsecuencia le hacen mucho daño a lo que pretenden defender! (Ver: Autoridad).

Así mismo, quien defiende el vasallaje ante las opiniones termina difamando las ideas que pretende presumir; por ejemplo, la idea de Dios: si alguien por defender la idea de un ser supremo exige que se acepte sin cuestionar su opinión entonces termina fácilmente defendiendo una idea enana. La interpretación prevaleciente de la idea de Dios en la cultura occidental proviene de Tomás de Aquino desde la Edad Media: un ser entronado en la cima de una jerarquía absoluta que domina toda realidad. La interpretación de Aquino —así como otras interpretaciones de teólogos, filósofos y teosofistas— tiene su propio contexto y ahí tiene su sentido, pero quien exige “respeto por Dios” desde la ignorancia del ejercicio teológico y desde la genuflexión hacia las “autoridades” religiosas entonces llega a entender muy poco de semejante idea y, por tanto, termina defendiendo sólo aquello que entiende, es decir muy poco. Por eso quien defiende una mera opinión de la idea de Dios termina defendiendo una idea enana.

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