Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Sunday, November 02, 2014

Sobre «Dios» — Cristiandad y megalomanía


Las formas de cristianismo que conocí en mi pasado representan tan sólo fragmentos de lo complejo y diverso que ahora encuentro como cristianismo en mis investigaciones histórico-culturales. El catolicismo parroquial de la infancia, el insipiente evangelismo carismático de la adolescencia y el fanático imperialismo de la Iglesia Internacional de Cristo durante la juventud tan sólo representan minúsculas manifestaciones en el enorme panorama de la historia del cristianismo mundial, polifacético y disímil, que ahora descubro a través de la investigación aficionada.

Ya no soy parte de ninguna cristiandad institucionalizada pues ahora reconozco con claridad que es un muy grave error pretender institucionalizar la pulsión religiosa del humano. La megalómana misión de conquistar y someter al mundo a los pies de las creencias y de los dogmas del cristianismo ya no representa para mí una causa superior o divina. Mi devoción a lo sagrado y mi fervor por lo sublime ahora los dedico a aspectos quizá más modestos de la vida personal y profesional pues, por fortuna, ni el cristianismo ni ninguna otra ideología tienen el monopolio de la amistad, del amor o de la fraternidad.

La libertad, por ejemplo, no pertenece a ninguna ideología sino al humano en general. Si se identifica a un valor humano, como la libertad, con una ideología, como el nacionalismo, se disponen las condiciones para megalomanías o despreciables delirios de grandeza. Por ejemplo, el así llamado “sueño americano”, de una facción cultural de los Estados Unidos de Norteamérica, cuando es mezclado con aspiraciones religiosas colonizadoras entonces se convierte en una fuerza opresora con el rostro simulado de libertad. La intención podría ser inmaculada y puede tener una apariencia noble, como la expresada por James Truslow Adams en su obra The Epic of America:

“…el sueño americano, por una vida mejor, más rica y más feliz para todos los ciudadanos de cualquier rango, es la más grande contribución que hemos hecho al pensamiento y al bienestar del mundo. Ese sueño o esperanza ha estado presente desde el inicio. Desde que nos convertimos en una nación independiente, cada generación ha visto un levantamiento de estadounidenses ordinarios para salvaguardar ese sueño de las fuerzas que parecen abrumarlo.”

Sin embargo, los hechos materiales que provienen de interpretaciones descuidadas de esas intenciones echan por tierra lo que, en potencia, tienen de profundo. La idea de que cualquier persona, sin importar su cuna, puede ser libre de buscar una buena vida es una idea sin tacha, pero la idea de que es la misión del gobierno estadounidense llevar ese sueño al resto del mundo, aún si eso signifique iniciar guerras en contra de quienes se resistan al sueño, ha tenido consecuencias atroces. Cuánto más empeora la situación al saltar a la conclusión de que ese sueño colectivo es igual al “sueño de Dios” para toda la humanidad, deplorable conclusión al suponer con indolencia que el deseo de un supuesto ser supremo es tomar partido político como medio para llevar libertad a toda la humanidad, y que la prueba de ello es la muerte de Jesucristo en la cruz para liberar a la humanidad del pecado. Lo cual, por decir lo menos, es tan sólo una pueril tergiversación al equiparar ese sacrificio al sacrificio de los soldados estadounidenses que mueren para preservar y expandir el “sueño americano”, como si, supuestamente, “Dios” hubiera escogido a Estados Unidos de Norteamérica para ser el cáliz con el que derrame “sus bendiciones” sobre el mundo entero, cual destino manifiesto o revelado.

La materialización concreta de teorías socioeconómicas y políticas, como el capitalismo de Adam Smith, o el comunismo de Karl Marx, o incluso la vapuleada noción del “sueño americano”, no han ocurrido aún en la historia humana pues, en parte, tales teorías presuponen una población general de mayoría ilustrada y difícilmente manipulable por despreciables “líderes” megalómanos ya sean políticos, económicos o religiosos. Una de las partes prácticas de tales teorías está en las manos de gente común y corriente, como todos nosotros, a quienes corresponde la tarea de ilustrarnos y educarnos por cuenta propia, en política y en religión, entre otros grandes temas del humanismo contemporáneo.

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